La paradoja de la soledad: sentirse solo en un mundo lleno de gente
Qué interesante es saber que, por más que uno se genere una coraza infinita de paredes y bloqueos de mil candados para que nadie pueda entrar, aún así siempre aparece alguien. Es alguien que de la nada y de pronto se mete debajo de todas esas barreras que pusiste, es capaz de inmiscuirse en tu vida de una manera tan brutal y sin siquiera buscarlo.
Y tú te ves ahí, frente a ese nuevo ser que lo ves tan efímero, volátil, pequeño, pero al mismo tiempo te asusta tanto que no sabes cómo afrontarlo. No sabes cómo verlo, no sabes cómo hablarle, no sabes cómo quererle, no sabes cómo entenderle. Te quedas perplejo, mudo, incapaz de reaccionar adelante de ese pequeño ser que creíste nunca iba a poder pasar todas tus barreras, pero ahí está firme, aunque intentaste alejarlo tantas veces.
Y te preguntas si realmente todas esas barreras que pusiste sirvieron para algo o si simplemente fueron una ilusión que percibieron para pretender que eres algo que realmente no eres. Que te sirvieron para protegerte, pero aquellos individuos lo único que buscaban en ti era aprovecharse y hacerte daño.
Y muchas veces te sientes en una soledad tan grande que no sabes cómo reaccionar, te sientes abrumado por tanto vacío, por tanta inmensidad que tienes delante que no sabes hacia dónde mirar, hacia dónde sentir. Y en medio de toda esa inmensidad te encuentras a ese pequeño ser que empezó siendo un pequeño punto que atravesó tu barrera, pero terminó convirtiéndose en un ancla, una pequeña luz casi imperceptible dentro de tanta oscuridad.
Y le agradeces por estar.
Le agradeces su presencia, su luz. Realmente te preguntas cuánto va a durar. Estás acostumbrado a vivir en una soledad absoluta, donde nada nunca y nadie te ha acompañado detrás de esas barreras.
Y ojo, no es la primera vez que alguien puede pasarlas, no es la primera vez que intentaste fortalecer esa llama, esa luz, esa presencia detrás de la barrera. Y obviamente te asusta, porque cuando le ves no puedes evitar pensar en todas aquellas ocasiones donde dejaste que esa luz crezca simplemente para terminar dañándote.
Pero sí me parece sorprendente que, a pesar de conocer ese dolor, que a pesar de conocer todos esos miedos y caminarlos como si fuese el único camino, no te niegas. Aceptas su presencia, no eres capaz de ella y, de a poco, de pequeños pasos, te acercas.
Y ya teniéndolo a tu lado, le miras, intentas comprender por qué decidió saltar esa barrera, intentas entender qué es lo que vio, por qué eres tú la persona a quien quieren dedicarle tanto tiempo y esfuerzo. Seamos honestos, no somos fáciles, somos como una cuerda con un sinfín de nudos, y ese pequeño ser, esa luz, lucha desesperadamente por poder disolverlos y arreglarlos, quizás.
Pero en tu mente solo temes que quiera conocer tus nudos para aprender dónde hacer presión, para aprender cuáles duelen más, cuáles molestan más o cuáles dejan más marcas.
Pero todo eso no importa, porque sabes que en algún momento tus paredes van a caer y vas a dejar salir y crecer toda esa luz que creías extinta.