Algo se rompió. Lo que sigue tiene violencia.

Puedes seguir leyendo o irte. Aquí nadie juzga.

Relatos

Crónica del maizal

La fiesta terminaba y el ambiente se sentía denso. En medio del antro, encontraste a Gaspar, tu hermano, en su versión adolescente (16-17 años). Estaba con una chica ("La Morra") y rodeado de gente descansando en el suelo. Sentiste un rechazo visceral inmediato; reconociste en ella una energía caótica y peligrosa: era Irene.

Te acercaste furioso y reclamaste: "¿Qué vergas estás haciendo acá?". Él respondió inocente: "Estoy con unas amigas... La vamos a llevar a su casa".

Explotaste: "¿A dónde la vamos a llevar?". Pero la promesa ya estaba hecha.

Salieron y subieron a tu auto. Ella tomó el volante, Gaspar se sentó de copiloto y tú atrás, resignado. Ella manejaba diciendo que vivía "un poco lejos". El cansancio te venció y te quedaste dormido.

Te despertaste sobresaltado tiempo después. La ansiedad te golpeó de inmediato. Viste que te quedabas sin batería y, en un acto reflejo de búsqueda de control, conectaste tu celular. Abriste Google Maps para ver dónde estaban. La pantalla te devolvió el terror: el punto azul flotaba en la nada. Estaban en medio del medio de la nada. No había calles, no había referencias, y lo peor: no había señal. No podías llamar a nadie. Estabas aislado.

Le preguntaste a ella: "¿Dónde estamos?".

Ella respondió con una seguridad delirante: "No, sí, vivo por acá, vivo acá cerca".

En ese instante, dobló el volante y entraron en un pueblo de piedra extraño. Las calles eran de adoquín antiguo, angostas y en una bajada pronunciada. Las casas estaban elevadas, haciéndote sentir que bajaban a una trinchera.

Tú, que ya sabías por el mapa que estaban perdidos, le gritabas: "¡Da la vuelta! ¡No se puede pasar!".

La calle era tan estrecha que la única salida era en reversa, pero ella se negó. Insistía: "Sí, hay una manera ahí abajo".

Bajaron hasta topar con un pequeño puente. El auto golpeó abajo (el primer daño).

Ese golpe le dio acceso a una ruta de escape: un camino de tierra "por detrás del pueblo".

En lugar de detenerse, ella vio esa vía y entró en frenesí. Comenzó a subir por la tierra y aceleró a fondo. El auto volaba, impulsado por una velocidad maníaca, huyendo del error.

Se toparon con el obstáculo final: un precipicio. No había puente, solo un corte abrupto en el camino. Era imposible cruzar.

Pero por la pura inercia de la velocidad suicida, el auto salió disparado como un proyectil sobre el abismo. Cruzaron volando, pero la gravedad ganó. El auto aterrizó brutalmente en una parcela de tierra. La suspensión estalló y el vehículo murió ahí.

Se bajaron. Unos metros adelante empezaba un maizal denso. Miraste hacia atrás: oscuridad absoluta. Las luces del pueblo se veían lejanas.

Se bajaron del auto. En ese instante, una furia increíble, súper intensa, se apoderó de ti. No hubo pausa ni duda. Te fuiste encima de La Morra de inmediato, con un odio visceral. La agarraste, la sometiste y la obligaste a arrodillarse en la tierra. La tenías agarrada del cuello, completamente dominada, y estabas a punto de empezar a molerla a golpes cuando viste unas luces acercándose desde la derecha.

Gaspar estaba atrás, mirando la escena con una cara de susto terrible. Al ver las luces del vehículo —un rastrojero—, le gritaste con alivio, pensando que era ayuda humana: “¡Ahí vienen a salvarnos!”.

Pero cuando el vehículo se detuvo y bajaron los ocupantes, el alivio se transformó en horror. No eran personas. Eran cuatro entidades aterradoras, con ojos enormes, pura pupila negra sin iris, que emanaban una violencia fría y unas ganas evidentes de matar.

Te plantaste frente a ellos, aún sosteniendo a la chica del cuello y alejando a Gaspar para protegerlo. Los entes se acercaron, y mientras se acomodaban las manos y se tronaban los nudillos, dijeron con voz seca: “Eso les pasa por no ir con la suspensión suficiente”.

Luego, uno de ellos preguntó directamente, exigiendo un culpable: “¿Y quién venía manejando?”.

El pánico te invadió, no por ti, sino por la situación imposible. Le gritaste a tu hermano, desesperado: “¡Gaspar, andá! ¡Llamá a quien sea, llamá a alguien!”.

Él te respondió con angustia, pero con esa resignación extraña: “¡No hay señal, no se puede!”. Aún así, obedeciendo tu instinto de protección, se subió al auto destrozado para intentar desesperadamente conseguir señal y llamar a alguien, alejándose del peligro inminente.

Ya solo frente a los monstruos, y con tu hermano resguardado en el auto, respondiste a la pregunta de los entes. Sin soltarla, la entregaste diciendo con firmeza: “Ella venía manejando”.

Tú respondiste a los entes, entregando a la chica: “Ella venía manejando”. Ellos dijeron: “Muchas gracias” y la agarraron entre los cuatro.

[AQUÍ OCURRE EL VACÍO] En ese momento sucede algo que no ves o no recuerdas. Hay un lapso desconocido entre que ellos la toman y lo que ves después. No sabes qué pasó, ni cómo lo hicieron.

La siguiente imagen consciente es que ellos ya solo tienen la cabeza de La Morra en la mano. Uno de ellos la sostiene y la presiona. Su cabeza no explota; se licuó. Se deshizo como una bombucha llena de sangre. Ella no dijo nada. Simplemente dejó de existir.

Los entes te dijeron: “Muchas gracias, ahora los vamos a llevar para que sigan su camino”, mientras terminaban de limpiarse las manos con un trapo.

De pronto, se hizo de día. Aparecieron en una carretera afuera del maizal. En el campo había un cartel enorme donde se veían a estas mismas personas pero en versión humana, inofensiva. Pasó un hombre en un tractor y te saludó con la boina.

Pero justo a tu lado, físicamente, seguía estando el mismo ente de la noche, con su cara deforme y los ojos enormes de pura pupila. Él fue quien puso la llave en mi mano y me dijo: “Aquí está la llave”.

Viste el auto estacionado al lado de la ruta, intacto. Buscaste desesperado a Gaspar y lo viste dentro del auto; él reaccionó al ver que el auto estaba bien. Te subiste al asiento del conductor, encendiste el motor y empezaste a manejar de regreso a casa. No sabías a dónde ibas, pero tú manejabas.

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