Algo se rompió. Lo que sigue habla de querer acabarlo todo.
Si hoy duele demasiado, hay alguien despierto:
México, Línea de la Vida 800 911 2000 (24 h).
Argentina, Centro de Asistencia al Suicida 135 o (011) 5275-1135 (8 a 24 h).
Puedes seguir leyendo o irte. Aquí nadie juzga.
9 de Octubre
Le avisé a mi jefe que hoy empezaría mi turno más tarde, me duele la cabeza. El desayuno de hoy será especial: café, un cigarro y sobras de ayer.
Espero que las sobras puedan ayudarme a empezar el día, estoy muy cansado. Tengo algunas marcas en el cuerpo que ayer no estaban, no recuerdo mucho qué pasó.
Son las 10:20 de la mañana y siento vergüenza. Mi teléfono está repleto de mensajes de Emiliano, y no sé cómo empezar a responderlos.
Escribí y borré el mismo mensaje unas veinte veces, y decidí que empezaría por el principio.
—Perdón por lo de anoche, se me fue de las manos, de nuevo —terminé enviando. No podía decir nada más, no ahora.
Ni una mierda me perdona esta vez, siempre tengo que terminar haciéndole mal. Continuamente me digo que no quiero lastimarlo, pero termino haciéndolo de igual manera. Quizás es momento de darle rienda libre a los duendes y que sean ellos quienes terminen con todo esto.
Las hadas están de acuerdo, dicen que no soy digno de recibir amor. También me aseguran que Emiliano no me va a extrañar.
Lloro en silencio mientras las sobras de ayer comienzan a hacer efecto. Necesito enfocarme, no puedo faltar al trabajo.
Ya no me quedan cigarros y mis manos tiemblan. Voy rápido al kiosco de la esquina a por otros y aprovecho la ocasión para fumarme uno en la puerta de mi edificio. El sutil arte de evitar la realidad hasta lo imposible. Sé que tengo que leer el mensaje, pero luego. Primero, mi cigarro.
Conozco perfectamente cuál va a ser su respuesta. Desde hace un par de meses estoy intentando que mis travesías no sean tan crueles con Emi. Creo que empecé a intentarlo la primera vez que lo vi llorar, después de que me encontró en medio de una. Llevaba tres días de fiesta y, sin darme cuenta, él apareció en los bares donde me escondía.
No lo había visto, pero él sí. Logró verme destruido, drogado y con tres botellas vacías delante mío. Solo, y con un cigarro en la mano.
No fue sino hasta que el seguridad del bar, que nos conocía, me avisó que pude darme cuenta de que estaba ahí. Emi estaba parado en la puerta del bar, tieso, sin emitir ningún sonido. Solo logré ver que un sinfín de lágrimas corrían por su cara antes de salir corriendo.
Corrí desesperado detrás de él, tropezando con todo, intentando alcanzarlo. Si en algo él siempre ha sido bueno es en deportes. No logré alcanzarlo, no corriendo.
Empecé a buscarlo en las calles cercanas, en los bares y en las esquinas. Terminé por encontrarlo sentado, escondido detrás de un árbol. En su cara no había más que decepción y dolor.
Prometí no volver a ponerlo en una situación similar. Las promesas son difíciles de seguir.
Le doy la última calada a mi cigarro y, temblando, agarro mi teléfono. Las notificaciones están ahí, claras. Son varios los mensajes sin leer.
—No sé cuánto más pueda seguir así, Nahue —alcancé a leer.
No puedo con esto, no hoy. Me empieza a doler la panza, mi cuerpo se tensa y empiezo a temblar. No es la primera vez que Emi me manda un mensaje así, ni tampoco la primera en la que mi cuerpo reacciona de esta forma.
Necesito enfocarme, sé que hoy no voy a contar con el apoyo de Emiliano para controlar lo que siento.
Subo casi corriendo hasta mi ordenador, intentando escapar de las palabras de Emiliano. Son varias las horas que paso sentado, en automático, sin siquiera saber qué estaba haciendo.
Son las 4:50 de la tarde cuando empiezan a llegar los mensajes de Enrique. Lleva unos 15 minutos intentando convencerme de que nos veamos.
Sin saber por qué terminé diciéndole dónde estaría.
Son las 8:20 de la noche cuando llego al bar, y mi mesa ya se encuentra reservada, con dos botellas encima y mi mesero de confianza esperándome para darme la bienvenida.
Ocultos por la oscuridad de aquel espacio, logro divisar en una esquina a Enrique, Desireé y algunos otros compañeros de la oficina que también decidieron aventurarse el día de hoy.
De inmediato abordan mi mesa, riéndose a carcajadas del trato VIP que ahí recibo. Sin terminar de saludar, voy al baño en búsqueda de aquella felicidad artificial.
Doy rienda suelta a los duendes, y las botellas que me esperaban pronto se vieron vacías, como cadáveres inertes que me acompañan en mi funeral.
Entre risas, bailes y vasos vacíos, mi mente va despejándose de todo y dejan de importarme las consecuencias. Solo importa el ahora.
Son las 11:59 de la noche, hace tres horas que mi teléfono está apagado, los duendes han tomado el control.
Hacía varios meses que algo así no sucedía; llegué a pensar que sus travesías ya eran cosas del pasado y que, al fin, podríamos estar bien. Nunca hemos estado bien.
Los comentarios de Diego son crueles y, a veces, injustos, pero no puedo dejar de pensar que son ciertos. Nahuel sigue haciendo cosas que terminan dándole la razón a Diego.
Mi mamá me llamó preocupada. Le había dicho que la visitaba ayer, pero olvidé avisarle que al final no iría. Me encantaría poder contarle todo lo que sucede con Nahuel, pero sé que, si lo hago, solo le estaré rompiendo las ilusiones.
No es justo romper las ilusiones de otros.
Entre los varios mensajes que me ha estado enviando desde el domingo, hay uno que realmente me sigue rondando la cabeza:
—Hacía mucho tiempo que no te veía tan feliz estando con alguien. Espero que Nahuel siga haciéndote feliz—.
No puedo evitar darle la razón. Desde que lo conocí, ansío que lleguen los días en que nos vemos, que las citas sean eternas y que los besos sean infinitos.
A veces me pregunto por qué me dejé ir con él sabiendo que, tarde o temprano, terminaría lastimándome. Tomé la decisión consciente de conocer sus demonios, aunque nunca sospeché que serían tan imponentes y tan difíciles de enfrentar.
Fueron muchas las veces que se quedó dormido en mis brazos, sollozando, mientras intentaba contarme secretos que se le quedaban atorados en la garganta. Podía sentir su dolor, su pesar.
Diego dice que solo está manipulándome para mantenerme cerca, que él sabe que soy demasiado empático como para dejarlo solo. Una parte de mí repite esas ideas de manera incesante.
A veces Nahue habla de hadas y duendes, no termino de entenderlo bien, pero sé que cuanto más los nombra más cerca está una crisis. Últimamente los ha nombrado demasiado. Tengo miedo.
Tengo miedo por él, de que vuelva a lastimarse, de que tenga heridas nuevas en los brazos, o de que simplemente desaparezca sin dejar rastro. Sé que no puedo controlar todo lo que hace, pero me es imposible evitar esta sensación de querer ir a buscarlo para poder cuidarlo. Sé que no debo.
Diego estuvo enviándome mensajes toda la tarde, hoy tuve que cancelar la cita de estudios; mi cabeza está en cualquier lado, no puedo pensar bien y solo existe la preocupación.
Dejó de responderme como a las 9 de la noche. Hoy tuve que visitar a mi mamá, no puedo volver a ignorarla. Llegué a casa de mis papás temprano, decidí pasar el día ahí, ignorando mis clases y mis tareas. Apenas llegué me dirigí a mi antiguo cuarto para intentar dormir una siesta, bajando las persianas y disfrutando la oscuridad y calidad que me sigue ofreciendo aquél espacio que dejé hace ya algunos años.
En esa oscuridad solo me encontré con un aluvión de pensamientos insistentes, preguntas sin respuestas. Me percato que, en vez de dormir, estoy revisando mi teléfono cada cinco minutos, tratando de encontrar algún mensaje nuevo, alguna señal de que todo está bien. Aún sabiendo que no debía, cada vez me desgastaba más, la idea de dejar de buscarlo me era imposible de sostener.
Algo parecido a una tristeza inevitable que me advertía que esto no iba a terminar bien se apoderaba cada vez más intensamente de mi pecho.
De repente, alguien tocó la puerta de mi cuarto, y al abrir vi a mi mamá con una expresión tranquila, pero preocupada. Me preguntó si estaba bien, si necesitaba algo. Es extraño cómo ella percibe mis estados incluso cuando no digo nada; quizás sospecha que algo no está bien. Intenté sonreírle y le aseguré que solo estaba un poco cansado, pero hasta yo noté lo forzada que era mi voz. Se acercó, me dio un abrazo y me dijo que descansara. En ese instante me sentí dividido: una parte de mí quería abrirle el corazón y contarle todo, pero la otra sabía que eso solo me haría ver aún más perdido. Sabía que, como siempre, lo único que haría sería seguir conteniéndome y esperando, con la esperanza irracional de que Nahuel, de alguna manera, estuviera bien.
Desperté y eran las 6 de la tarde, solo había un mensaje de Nahuel, asegurándome que todo estaba bien, que solo necesitaba recuperarse. Sé que es mentira.