6 de Octubre

Los domingos la alarma suele sonar a las 9 de la mañana. A las 11:30 tengo clases particulares de canto. Emi piensa que las dejé, pero en verdad me da vergüenza admitirle que sufro mucho al cantar. No logro confiar ni en mi voz, ni en mi cuerpo, ni en lo que digo, ni en lo que hago.

La alarma suena y me despierto. Enseguida noto que algo no anda bien, mi cuerpo está todo tenso y me duele. Voy a la cocina y comienzo a preparar mi desayuno; Emi sigue durmiendo. Los domingos suele dormir hasta más tarde.

Mientras cocino, noto que mi cuerpo está temblando y hay espasmos nuevos que ayer no existían. Hay una presión extraña en mi pecho y me cuesta un poco respirar.

Escucho a Emiliano en el baño. Son las 9:20 de la mañana. Pensé que hoy él seguiría durmiendo y que tendría un rato de la mañana para pensar, en mi propia soledad, qué había sucedido anoche. Pensé que podría entender de dónde salió esa crisis.

No es así. Me siento decepcionado.

Emi sale del baño, se acerca por detrás de mí y me da un abrazo. De inmediato nota que estoy temblando y que mi cuerpo se tensa. Sabe lo que eso significa, se aleja un poco y apoya su cabeza contra mi espalda mientras yo sigo preparando el desayuno, ahora para dos.

Mientras nos sentamos a desayunar, noto la preocupación de Emiliano. Lo noto en su voz, su mirada, y me duele saber que ahora el monstruo, la bestia, estoy siendo yo. Estoy lastimándolo, así como muchos otros me han lastimado a mi. Y me odio un poco más por eso.

No sé qué hacer. Desayunamos en silencio, mientras yo hago todo lo posible para esquivar su mirada, me da vergüenza mirarle a los ojos. Hoy no hay música, me duele la cabeza, me siento incómodo.

Emiliano ya me conoce, no es la primera crisis en la cual me acompaña. Sabe bien que vienen varios días malos. Tengo que admitir que, estando con él, los días malos ya no son tan difíciles, ni aparecen tan seguido.

Siento que hoy perdí la felicidad que habíamos construido en estos dos días. Siento como se escurre, cada vez más rápido.

Emiliano sabe que está llegando la hora en la que comúnmente me voy y me mira preocupado. Tiene miedo de que en la calle vuelva a darme otra crisis.

Él cree que los domingos voy a grupos de apoyo que me ayudan a lidiar con fantasmas del pasado, con las palabras crueles de las hadas, las risas inoportunas de los duendes. En verdad, voy a clases de canto para no sentir vergüenza cuando lo hago para él, y no sentir que soy un lastre para él.

Decidí faltar a la clase hoy, no me sentía lo suficientemente bien para asistir. Le pregunté a Emiliano si le importaba que pasáramos un día más juntos; sería el tercero, nunca habíamos pasado tanto tiempo seguido. Por alguna razón, me siento cada vez más cómodo estando cerca de él. Siento que, cuando me alejo, algo me falta, y sin darme cuenta, lo busco en cada calle, en cada detalle.

Mi psicólogo, hace algunos años, me dijo que tengo una tendencia a generar vínculos conflictivos, que me cuesta mucho expresar mis emociones y que, a veces, desarrollo una dependencia emocional con otros. También me explicó que esa es la razón por la cual suelo tener tantos conflictos en mis relaciones.

En ese momento, me ayudó a poner en palabras lo que sentía. Expresar lo que llevaba dentro fue una especie de revolución y un avance increíble para conocerme a mí mismo.

Hoy en día, asumo esa verdad y la enfrento como algo que, por ahora, no puedo cambiar ni evitar. Cada vínculo que genero es uno donde existe la dependencia, donde necesito que continuamente me recuerden que me quieren, que me necesitan, para no sentirme inútil, ignorado y abandonado.

Emiliano me mira con cara de extrañado porque sabe que a estas horas tengo compromisos. De inmediato, su cara se ilumina, sus ojos comienzan a brillar, y esa sonrisa de idiota vuelve a invadir su rostro. Sin dudarlo ni perder tiempo, me dice que amaría pasar el domingo conmigo.

Él nunca lo supo, pero su respuesta me dio una alegría enorme. No quería estar solo. Sabía que si me alejaba de Emi en ese momento iba a iniciar una travesía que estaba seguro no terminaría bien.

Emiliano se convirtió en mi refugio. Antes escapaba a esos lugares que ofrecen felicidad artificial; hoy en día escapo a él.

Son las 10:20 de la mañana y hoy es un domingo de quedarnos en casa. Decidimos que hoy la televisión del living queda mejor en la habitación.

Con todo ya listo y preparado, bajo las persianas y apago las luces. Solo la luz tenue de ese aparato ilumina la habitación a oscuras.

Emiliano quiere ver una película que ya vi. Sé que voy a llorar si la veo de nuevo. Él dice que no la ha visto.

– Es una película increíble – le digo – pero seguro terminamos llorando los dos.

Esta vez soy yo quien decide acurrucarse con Emiliano y dormirme en su pecho sin siquiera terminar de ver la película o prestarle atención alguna. Necesitaba sentir el calor de su cuerpo, el aroma que emana y sus palpitaciones acompasadas. Él sabe que lo único que tiene que hacer es abrazarme y acariciar mi pelo. No hay otra cosa que pueda hacer, es lo único que quiero.

El teléfono de Emiliano empieza a sonar. Nos despertamos ambos; son las 4 de la tarde.

Es su mamá llamando. Él le había dicho que hoy pasaría la tarde con su familia, pero lo había olvidado.

Su familia sabe que estamos saliendo, sabe mi nombre, saben quién soy, de dónde vengo, y eso es todo. No los conozco. Una vez tuvimos la oportunidad de cruzarnos con su hermano, pero eso fue todo.

La idea de tener que ir a pasar la tarde del domingo realmente no era apetecible en ese momento. Seguía sintiéndome ansioso e incómodo después de lo que había sucedido.

Por desgracia, Emiliano no pudo cancelar ir a la casa de sus papás. Y yo me sentía incapaz de estar solo ese día. No quería estar con nadie más, solo quería estar con él, tenerlo para mí en el secretismo y la intimidad de su departamento, no salir, quedarnos abrazados.

Sentir esto es algo absolutamente nuevo para mí. Una experiencia nueva y abrumadora, pero aun así, no quería perder ningún detalle de ello.

Cuando me dijo que deberíamos ir, de inmediato, mi cuerpo reaccionó. Comencé a temblar y mi cuerpo parecía tener vida propia, los espasmos eran intensos.

Emiliano notó el primer espasmo a los quince segundos de haberme dado la noticia. Él sabe que son parte de lo que sufro, aunque no puede darle un nombre a eso. Sabe que hay un montón de cosas que me pasan, que mi cerebro se comporta de manera rara, pero él no sabe cómo llamarle. Ni siquiera yo soy capaz de darle un nombre completo.

A veces es depresión, a veces son crisis, otras episodios. Otras tantas es TDAH, otras es bipolaridad. Dependiendo del psiquiatra, el diagnóstico fue cambiando. El más extraño de todos fue el trastorno límite de la personalidad. Me dijeron que había sufrido tanto en mi infancia que mi personalidad se vio afectada, y que por eso mismo soy incapaz de entender y comprender lo que en mi cabeza se gesta.

Aunque no sabía el nombre, Emiliano entendía cada uno de los síntomas y sabía reconocerlos en el instante en que aparecían en mí. Sabía qué hacer y cómo ayudarme a regularme en esos momentos. Cuando notó el primer espasmo, inmediatamente me agarró la mano, me miró a los ojos y me aseguró que todo estaría bien.

– Respira profundo – me dijo, sin soltarme la mano ni bajar la mirada –. Si te sientes muy mal, podemos volvernos temprano, o salir a caminar; la colonia donde viven mis papás es muy bonita.

Me preguntó si quería quedarme en su departamento mientras él visitaba a sus papás. De inmediato le digo que no; en ese momento lo único que quiero es estar con él.

Son casi las 5 de la tarde y Emiliano se da cuenta de que llegamos tarde. Comenzamos a apurarnos, nos subimos al carro y salimos. Después de 35 minutos manejando, llegamos a la casa de sus papás.

Al tocar el timbre, su mamá abre la puerta, sorprendida de verme detrás de Emiliano. En cuanto me reconoce, con un gesto de genuina sorpresa, se lanza hacia mí para darme un abrazo, sin siquiera dejar que Emi hablara.

Mi cuerpo reacciona en automático; lo primero que hace ante ese abrazo repentino es retroceder, protegerse. Emi se dio cuenta de inmediato y apretó mi mano para hacerme saber que todo estaba bien.

En ese momento reacciono y, sin dudarlo, respondo al abrazo, aunque algo incómodo. El contacto físico nunca fue lo mío.

Entramos a su casa y su hermano está en el sillón, lo saludo como si fuéramos viejos amigos, aunque solo lo haya visto una vez. Su hermana, la más chiquita, pregunta quién soy. Su papá con cara seria estrecha su mano para saludarme y enseguida me siento intimidado.

Los primeros veinte minutos fueron horribles; mi ansiedad estaba por las nubes, mi mano sudaba aunque a Emiliano no le importaba y mantuvo nuestras manos juntas. Sabía que si él me soltaba, me sentiría nuevamente solo y abandonado.

Recuerdo que mi psicólogo me dijo que mis problemas de abandono surgen de cuando mi papá decidió irse. También me dijo que crecí en una familia disfuncional, donde no cuidaban de mí, sino que yo tenía que cuidar de los adultos cuando simplemente era un niño. Ese es el abandono que hoy en día temo.

No tengo ninguna razón para discutirle.

La mamá de Emiliano nos ofrece café; también sacó unas galletas y nos pregunta si queremos pastel. En este momento no puedo comer, por lo que rechazo su oferta.

Emiliano sabe que me encantaría poder comer pastel, pero que no puedo. Que luego de mis crisis no suelo comer durante días, que mi estómago se cierra y que cada bocado que intento comer mi cuerpo lo rechaza y lo vomita.

Creo que algún psiquiatra dijo que eso era TCA. Nunca supe qué significan esas letras, nunca investigué. Tantos nombres diferentes han puesto a lo que me pasa.

Prefiero que sigan siendo secretos, aunque ya estén escritos en algún papel, un diagnóstico.

Acepto encantado el café porque es de mis bebidas favoritas. Emiliano siempre ha presumido de la manera en que su mamá prepara el café. Ahora yo también puedo hacerlo. Es increíble.

El café, por alguna razón, me ayuda a relajarme y la tarde pasa amablemente. Sin darnos cuenta, y después de ser invadido por un millar de preguntas que sin dudar contesté, su mamá se percata de que ya es hora de cenar.

Sin siquiera preguntarnos, asume que cenaremos con ellos. Ya no puedo escapar de allí, pero tampoco quiero. Envidio la relación que Emiliano tiene con su familia y no quiero perder ningún detalle de lo que allí sucede. Me hubiese encantado tener una familia así.

Emiliano se ve feliz de que su familia me haya aceptado tan rápidamente. Yo tampoco puedo evitar esa felicidad. El cariño que logran expresarme empieza a llenar algunos huecos que no sabía que dentro de mí existían.

Son las 9:27 p.m. La cena está lista, la mesa está preparada. Nos sentamos a comer como si esto ya hubiese sucedido una infinidad de veces en el pasado, aunque era la primera.

Al terminar de cenar, sin que siquiera nos demos cuenta, su mamá prepara carajillos. Tan buenos como su café.

Son las 11:30 p.m. y decidimos volver. Dejo a Emiliano en su departamento. Aunque puedo ver la duda en su cara sobre dejarme solo luego de lo ocurrido, logro convencerlo de que ya estoy bien.

Son las 12:22 de la noche cuando arribo a mi departamento. Sin encender las luces, me dirijo a mi habitación y duermo; mañana trabajo.

“Sacrificarse a uno mismo para traer felicidad a otros” es algo que siempre solía decir, aunque nunca pensé cuánto tenía que sacrificar para poder traerle felicidad a Nahue.

A veces no estoy seguro si puedo seguir; otras tantas no quiero dejarlo ni por un segundo. La pasión que en mí despierta no la ha generado ninguna otra persona.

Quiero estar con él, quiero compartir tiempo con él, quiero vivir con él.

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