Algo se rompió. Lo que sigue habla de querer acabarlo todo.
Si hoy duele demasiado, hay alguien despierto:
México, Línea de la Vida 800 911 2000 (24 h).
Argentina, Centro de Asistencia al Suicida 135 o (011) 5275-1135 (8 a 24 h).
Puedes seguir leyendo o irte. Aquí nadie juzga.
5 de Octubre
Son las 4 de la madrugada; me despierto exaltado. Me doy cuenta de que mi cama ha sido invadida por alguien, pero no logro recordar con quién volví.
Me doy vuelta y veo la cara de Emiliano, apenas iluminada por la luz que provenía de la calle.
A veces me pregunto qué ve en mí. Es todo lo que siempre quise ser: fuerte, decidido, empático, cariñoso. A menudo, siento que no merezco su apoyo, y eso me asusta.
Con algo de miedo, doy un beso en la frente. Él, todavía dormido, sonríe.
Escucho las risas, casi silenciosas, de los duendes que me vieron darle ese torpe beso, pensando que esta vez sí puede funcionar. Que esta vez no abrirán nuevas heridas y que las viejas comenzarán a sanar por fin.
Me quedé mirando a Emiliano fijamente, intentando guardar en mi memoria cada detalle de su cara. Cada lunar, cada línea de expresión, cada rasgo. Embelesado por su belleza, de pronto, escucho el grito de las hadas.
– Se va a ir.
– En verdad no te quiere.
– Nos tienes a nosotras, ¿qué más compañía necesitas?
Las ignoré, pese al ruido que estaban haciendo. Al fin y al cabo, ya eran viejas conocidas, compañeras de muchos años.
Me quedé mirando fijamente al techo, pensando en lo que ayer había sucedido. Pensando en ese primer ‘te amo’. Y me doy cuenta de que realmente no sé qué significa amar a alguien.
Si paso lista, estoy seguro de que tengo todos los síntomas de una persona enamorada: el corazón acelerado cada vez que lo veo, las mariposas en el estómago cuando me toca, el anhelo constante de su presencia. Pero, ¿es eso suficiente? ¿Es eso lo que define el amor? Porque, aunque siento todo eso, también hay miedo, inseguridad y esa sensación de no saber si estoy dispuesto a compartirlo todo con él.
Las inseguridades me pueden; la experiencia es más fuerte. Muchas veces en el pasado entregué todo de mí, solo para que esas personas lograran hacer más cortes en mis brazos y seguir vaciándome la sangre.
Siento un ligero movimiento y noto que Emiliano, con los ojos entrecerrados y aún medio dormido, se acerca a mí para abrazarme y dormir más cerca. Puedo sentir el calor de su cuerpo, el aroma que desprende, lo lento y cíclico de su respiración, el palpitar acompasado de su corazón.
Noto que las hadas han guardado silencio y me siento seguro.
Decidí seguir durmiendo, aún había mucho rato para descansar. Son las 5 de la mañana.
Emiliano se despertó mucho antes que yo, como era costumbre. Preparó mi desayuno favorito y me despertó con suaves caricias para hacérmelo saber.
Abrí despacio los ojos, intentando entender qué estaba sucediendo. Cuando pude enfocar la mirada y verlo sentado en la orilla de mi cama, me asusté. Recordé rápidamente que la noche anterior, quizás sin saberlo, le devolví un ‘te amo’, pero sin palabras. Estoy seguro de que si no hubiera escuchado esas palabras, él jamás hubiera conocido mi casa.
Tomé mi teléfono y fui al baño. Veo la hora, 10 de la mañana.
Voy a la cocina y la música está encendida. No logro reconocer la playlist, pero está sonando una canción que, durante mucho tiempo, escuché en secreto y no esperé compartir con nadie.
Better Together, de Jack Johnson, sonaba en lo bajo mientras desayunábamos. No pude contener mi sonrisa al escuchar la canción, y levanté la mirada, encontrándome con la de Emiliano, con sus ojos más brillantes que nunca, la boca llena de comida, pero con una pequeña sonrisa que me llenó de paz. «Hoy va a ser un gran día», le dije sin pensar.
Emiliano no pudo hacer más que estallar en risa. Se levantó de su silla y tímidamente se acercó a mí para abrazarme mientras yo aún seguía sentado. Me percaté que ‘Home’ de Edwar Sharpe comenzó a sonar.
– ¡Alexa, volúmen máximo! – Grité.
¿Alguna vez han experimentado la intimidad de bailar como idiotas con quien amas en la seguridad de tu casa?
Suena mi alarma, son las 11:15 de la mañana. Solía avisar de que era momento de tomar mis antidepresivos. No sé por qué aún sigue sonando, ya van más de 2 años sin tomar alguno.
Los sábados solíamos pasarlos juntos; habíamos decidido un par de meses atrás que ese día estaría reservado solo para nosotros dos. Ayer fue la excepción; no solemos vernos los viernes. Emi me había dicho que me extrañaba, aunque sé que en verdad su preocupación por mí era mayor; días atrás le había contado que las hadas gritaban cada vez más fuerte y que los duendes comenzaron a esconderme cosas durante todo el día.
¿Acaso hoy tendría la oportunidad de pasar todo el día con él de nuevo? Dudé un momento, no sabía si tendría la energía para poder aguantar otro día fingiendo estar bien o, al menos, intentando no generarle más preocupación.
Después de desayunar, no había mucho más que hacer, por lo que decidimos que era un buen momento para acostarnos en el sofá.
Pusimos la serie que, como ritual religioso, mirábamos cada sábado juntos. Emi se acurrucó a mi lado, y pude sentir nuevamente el aroma que desprendía.
Su corazón, esta vez, no palpitaba lenta y serenamente. En cambio, latía velozmente. Sentir el calor de su piel tan cerca de mí me hizo erizar. Mi panza era un nido de mariposas, una sensación extraña que nunca entendí por qué estaba ahí.
Pausé la serie, le miré fijamente a los ojos y le di un beso en la frente. Tengo que admitir que nunca lo había hecho mientras él estaba despierto; siempre habían sido momentos incómodos donde los duendes reían mientras él dormía. Sin pensarlo, me devolvió el beso, y nos fundimos en un abrazo.
Mi teléfono vibra, lo agarro y miro la hora. 1:48 de la tarde.
Es el mensaje de recordatorio de la reservación que hicimos para ir a hacer kayak mirando el atardecer en Xochimilco. Es un tipo de cita nueva para mi, por muchísimos años mis citas fueron simplemente cenas y sexo casual para no volver a verles la cara nunca más.
Emi no está muy convencido de la idea de hacer kayak, le tiene miedo al agua, no sabe nadar. Pero ahí estoy, le acompaño como él me ha acompañado en cada segundo de mis dolores. Nos bajamos del carro, él se llena de valor para poder hacerle frente a esta travesía.
Puedo notar que está temblando. Rápidamente voy por detrás y le doy un abrazo, tratando de tranquilizar esos nervios.
– Acá estoy, no te preocupes, no voy a dejar que nada te pase – le digo, casi susurrándole al oído.
Empezamos a navegar por algunos canales que nos llevan a un claro donde, de pronto, el color naranja del cielo nos deja maravillados. Emi se había olvidado, por un rato, de sus miedos. Acerqué mi kayak al suyo y tomé su mano, mirándole con un orgullo que nunca antes había sentido. Él estaba superando sus miedos.
Nunca pensé que sería capaz de compartir momentos tan íntimos, como risas genuinas, silencios compartidos y caricias espontáneas con alguien, y mucho menos, tenerlos en espacios tan públicos como lo era aquel lugar, que, aunque público, era más mágico que otra cosa.
Sin darnos cuenta, y aún agarrados de la mano, evitando que nuestros kayaks se separen, llegó la hora de volver. El guía nos muestra nuevos canales, avanzamos en línea, y mi corazón se llenaba cada vez más de orgullo y de algo amor por aquél que, para compartir momentos conmigo, decidió hacerle frente a todos sus miedos, ponerse un chaleco salvavidas y aventarse a navegar los canales de Xochimilco.
El carro está estacionado. Ya estoy cansado, ya no sé si quiero volver, ya no sé si quiero seguir.
Mi cuerpo me traiciona y Emiliano lo nota. Ahora soy yo quien tiembla. Mi cara ya no refleja felicidad.
Él viene, casi corriendo, para abrazarme tan fuerte como pueda. Aprendió que sus abrazos me calman. Me frustro al saber que las heridas estaban tan presentes, y que eligieron el peor momento para comenzar a doler. La ansiedad me invade, tiemblo más fuerte, él me abraza aún más. Emi se ha peleado muchas veces con mis hadas.
– Estoy bien – repito, susurrando, mientras él me abraza.
De a poco voy logrando controlar mi respiración. Emi me da la mano, y empezamos a caminar hacia el carro. Es momento de comenzar nuestro viaje de vuelta, esta vez, al departamento de él.
Su departamento era nuestro lugar habitual, donde comenzamos a crecer y fomentar nuestra relación, entre cenas, tardes juntos en la cama, silencios que nunca fueron incómodos, risas a carcajadas, y conversaciones que nos revelaban más de lo que alguna vez imaginamos compartir.
Son las 8:35 de la noche, tenemos hambre y no sabemos qué ordenar. Decidimos por pizza después de un largo debate lleno de nada mientras en nuestras panzas comenzaba a gestarse ese ruido que nos avisa de que debemos comer.
Preparamos la mesa, encendemos la música y nos sentamos uno frente al otro, mirándonos fijamente, pero con los ojos llenos de palabras. Podía ver el brillo de los ojos de Emi, podía sentir su amor y cariño que transmitía su mirada.
Yo sé que en los míos había algo porque él no dejaba de sonreír. Nunca supe lo que él veía, nunca nadie me había visto de esa manera. De una cosa estoy seguro, mis ojos brillaban, aunque nunca antes lo habían hecho por nadie.
La música suena y esta vez sí reconozco la playlist, es mía. Está llena de mis canciones favoritas, aquellas que me recuerdan los lugares de donde vengo, los lugares que visité, a las personas que están y las que estuvieron, quienes me acompañaron y quienes me abandonaron.
Ese playlist evoca los sentimientos más profundos que hay en mí. Emi no lo sabe, no puedo contarle estas cosas, no todavía. No sé si en algún momento estaré listo para hacerlo.
Enredado Hilos, Sofía Viola con David Aguilar, suena despacio mientras comemos, aún encontrándonos en miradas de vez en cuando.
Emi y yo solíamos tomar clases de canto; él tiene mejor voz, pero insiste en que yo soy mejor cantante. Siempre surgen discusiones tontas por este tema, las cuales siempre terminan con cantos y risas.
Me levanto de la silla, la canción es un dúo. Emi me mira, la conoce, no es la primera vez que esta playlist suena en su casa. Aún con nuestras porciones de pizza en la mano, ambos nos encontramos en medio de la sala, felices y riéndonos como idiotas de que logramos reconocer la canción de inmediato.
Me acerco lentamente a su oído y empiezo a cantarle casi susurrando.
– Llévame hasta el pastizal de tus hilos verdes, llévame a caballo hasta el manantial. Qué hay detrás de la casita tras del horizonte, árboles dan sombras mucho más allá. – Le canto mientras lo abrazo y me bamboleo; él entiende, sabe perfectamente qué es lo que debe hacer.
– Y brindemos en dedales vino tinto – me responde, sin poder contener la risa, media tonta, que se le escapó.
Lo miro con cara de enojo fingida, invitándole a cantar con ganas, hacer vibrar las cuerdas y que las paredes resuenen con nuestro canto, que nuestras voces y miradas nos hagan llegar aquello que no siempre podemos decir con palabras.
Nunca había sentido este tipo de conexión con alguien al cantar; Emi entendía todo simplemente al mirarme, sabía qué esperar de mí cuando estábamos cantando, pareciera que él podía predecir por completo mi futuro mientras cantábamos.
La canción termina dejándonos en una especie de éxtasis, nuestras caras sonrojadas, sonrisas idiotas las invaden. Nos miramos fijamente; solo el inicio de la siguiente canción nos obliga a dejar ese trance en el que nos encontrábamos.
Son las 9:42 de la noche, estamos cansados, hemos bailado y cantado.
Sintiendo que floto mientras camino, voy a la ducha, Emi me espera en la sala. El agua recorre mi cuerpo y de pronto siento llegar a las hadas. Gritan con fuerzas, dicen que pronto él me abandonará, que me traicionarás, que todo es una ficción, todo es una mentira. No aguanto, no puedo ignorarlas, empiezo a temblar. Me tengo que sentar, no puedo mantenerme parado.
Mi respiración empieza a entrecortarse, cada vez me cuesta más respirar. Estoy sobrio y una crisis me ataca. No sé por qué, hoy había sido un día bueno, no sé de dónde viene.
Como puedo, grito su nombre porque sé que él puede ayudarme. Corriendo, viene, y sin siquiera pensarlo, se mete conmigo bajo la ducha, aún con toda su ropa encima. Se sienta a mi lado, me abraza y en absoluto silencio, con solo el ruido del agua que corre, me acaricia el pelo.
Es su forma de decirme que todo estará bien en mis momentos más difíciles; no necesita decirme palabras, yo puedo sentirlo.
De a poco mi respiración se regula, Emi se tranquiliza y besa mi frente. Me acompaña hasta la cama.
Son las 10:37 de la noche, decido dormir.
Es muy difícil cuidar a Nahue, aunque sé que daría mi propia vida para poder hacerlo. Mientras lo abrazo bajo la regadera, trato de recordar cuántas otras veces hemos vivido esta situación. No logro recordar ninguna; sin embargo, sé exactamente qué debo hacer en este momento. Tal vez mi cerebro ha decidido que lo mejor es olvidar estas crisis, o quizás nunca han ocurrido.
De cualquier modo, en mi cabeza siempre ronda una pregunta: ¿Quién te ha hecho tanto mal? Pregunta sin respuesta, por supuesto.