4 de Octubre

Recuerdo que ese día me levanté y salí al mundo con nada más que un café y un cigarro en el estómago, decidido a conquistar lo que se venía adelante.

Tomé mi abrigo, voy a la puerta, y las llaves no están. Vuelvo a mi habitación, me peleo con las hadas y duendes que de vez en cuando solo buscan molestar. Después de un rato, después de gritar, después de revisar toda la casa, las llaves aparecen y escucho las risas de los duendes.

Tomo las llaves, frustrado, agarro mi abrigo, voy hacia la puerta y salgo hacia el mundo.

No me acuerdo muy bien qué día es. Solo sé que es temprano, hace calor, y aunque estoy seguro de que debo ir a algún lado, no tengo claro cuál es mi destino.

Me encuentro caminando, rodeado de caras deformes y entes espectrales que en algún momento logré identificar como personas que van corriendo en sus propias vidas. Siguen su propio destino, sabiendo a dónde van, se dirigen, tienen dirección, tienen movimiento, y yo, mientras tanto, camino.

A estas alturas estoy contando una historia sin siquiera dejarles saber quién soy.

Soy Nahuel, 26 años, vivo en México pero no nací acá. Tuve la oportunidad de vivir en muchos lugares, conocerlos. Conocer, también, gente inspiradora.

Durante todo ese tiempo me sentía en la cima del mundo. No todo era perfecto, pero tampoco sabía qué estaba buscando. Solo sabía que, caminando y acompañando, y siguiendo a esa gente que en algún momento fueron mis amigos, que en algún momento fueron mis mentores y mis guías, iba a llegar a un lugar muy bueno. Y lo encontré.

Encontré a gente fantástica en ese mundo nuevo que visitaba. Estaba en la cima del mundo.

México se convirtió para mí en un segundo hogar. Un universo nuevo donde volví a encontrar gente maravillosa; gente que, sin lugar a duda, me abrió sus puertas y me mostró la importancia de querer incondicionalmente a quienes te rodean.

Después de tanto tiempo deambulando sin rumbo, con los ojos vendados y creyendo estar en la cúspide del mundo, descubrí que, en realidad, solo estaba de pie sobre una simple banqueta. Fue entonces cuando aparecieron personas capaces de quitarme la venda y enseñarme un cariño que había olvidado cómo se sentía.

México me ha regalado historias, anécdotas, momentos felices y tristes, pero más que nada, me ha hecho crecer.

Crecer no siempre es sinónimo de bueno. Crecer no siempre es sinónimo de éxito. Crecer, muchas veces, significa doler, significa abandonar, dejar, huir.

¿De qué vengo huyendo? ¿De qué me oculto? ¿Hacia dónde estará ese nuevo refugio? Todavía no lo descifro, pero aun así, salgo y enfrento esa calle llena de monstruos y camino sin dirección alguna.

Hace un tiempo atrás, esa cima del mundo donde estaba se vino abajo. Esa ilusión de realidad en la cual estaba sumergido de pronto comenzó a resquebrajarse, a golpearme y a doler, en cada una de las pequeñas heridas que se fueron haciendo con el tiempo mientras me ignoraba a mí mismo.

Y dolía, y corrí. Nuevamente abandoné, nuevamente huí.

México me recibió huyendo, con mis heridas sangrantes, con un cuerpo que no era mío, con una angustia que no era mía.

México me recibió con un dolor que otros provocaron y me obligaron a cargar durante tanto tiempo.

Me encontré en este nuevo lugar, donde llegué cuando huía, con cosas que pensé que había dejado de lado. Amistades nuevas, amores nuevos, cariños que dejan marcas. Me encontré, de a ratos, con que ya no pesaba tanto cargar con ese dolor. Pero aun así, las heridas nunca cerraron, y de a poco se fueron pudriendo, sin que nadie lo notase, aunque estuviese rodeado de gente. Sin que nadie viese la sangre chorrear y el rastro de gotas que voy dejando mientras camino. Las heridas arden y cada día supuran más, cada día están más presentes.

De pronto me sumerjo en un mundo que, hasta ese momento, era desconocido para mí, donde solo había descontrol, secretismo, y verdades que se gritan pero nadie escucha.

Ese lugar me ofreció cosas que nadie me había ofrecido antes: un remedio temporal para que el dolor desapareciera. Aun así seguía sangrando, y había manchas por todos lados, pero no dolía. Ya no ardía, ya no molestaban esas heridas. Ahora solo había un rastro de sangre que me perseguía. Ese lugar me seguía ofreciendo una felicidad artificial, que poco a poco fue consumiéndome, y me fui dando cuenta de que si no parás el sangrado te terminas quedando vacío.

Vuelvo a estar en una realidad alterna sumergido en esta felicidad sintética, en estos monstruos que ahora son caras pasajeras a quienes ves destruirse y caerse. Tratás de identificar los rastros de sangre que van dejando por el paso, y encontrar a sus dueños para hacerles saber que sus heridas están abiertas.

Pero son tan diferentes, tan extraños y lejanos, que es imposible identificarme con alguno de ellos. Ninguno es tu igual. ¿Quiénes son? Son bestias. ¿Quiénes eran? Personas.

No quiero ser una bestia, nunca quise ser una, nunca quise ser un monstruo. Jamás pensé en convertirme en esto que hoy en día soy, pero aquellos que en algún momento abrieron heridas fueron los que, con cada corte, me empujaron a ser una.

Y noto la necesidad nuevamente de romper esta realidad ficticia donde me encuentro sumergido; y de pronto todo se destruye, se desmorona, y nuevamente vuelve el dolor.

Ahora es un dolor que todos notan. Ahora es un dolor compartido, un dolor comunitario, todo el mundo sabe que está presente, saben cuánto duele y cuánto lastima, pero nadie hace nada para apagarlo. Todos ven esas manchas de sangre que voy dejando y lo único que hacen es poner un tapete debajo para no manchar la madera del piso. Se alejan cuando traen ropa blanca porque las manchas de sangre son muy difíciles de quitar.

Y no puedo culparlos, nunca debieron conocer a ese monstruo que deja manchas por donde camina. Nunca debieron ver lo que en la oscuridad de la noche me acechaba. No debieron enterarse de cuántas heridas hay en cada uno de mis brazos. No es su culpa.

Acompañado pero solo, agarro mi abrigo, busco mis llaves y salgo al mundo decidido a conquistarlo una vez más.

Mientras caminaba iba reflexionando cómo fue que esa banqueta, para mí, había sido la cima del mundo. No lograba comprender qué tan ciego estuve para pensar que esa gente que en algún momento me rodeó no eran más que monstruos vestidos de humanos que se esforzaron por engañarme y aprovecharse para crear nuevas heridas.

Las hadas, que siempre me acompañan y me susurran al oído, se reían. Se reían de lo ingenuo que fuí, mientras revoloteaban cerca de las heridas, haciendo que duelan aún más.

Mientras caminaba me di cuenta que hay un perro viejo al que la gente ignora como si no existiese, como si no fuese una vida, como que es un desecho más, una basura tirada en el piso. La gente pasa por al lado y lo ignora.

Yo también lo ignoro. Lo veo, a lo lejos, y lo esquivo. No sé por qué en ese momento el perro viejo me dio miedo.

Me dio miedo porque me ví a mi mismo tirado en una calle, buscando ayuda desesperadamente y quienes pasaban solo me ignoraban.

Seguí caminando y me encontré con un semáforo peatonal. La gente se reunía esperando para cruzar la avenida. Altos, bajos, gordos, flacos, morenos, blancos, juntos en un punto de partida esperando esa carrera que estaba por empezar. Y dio verde, y me quedé solo.

Me quedé esperando el rojo, viéndoles cruzar y siguiendo con sus vidas, yendo a sus destinos, sabiendo a dónde ir, y yo pensando hacia dónde quería ir.

El verde se termina, nuevamente empieza la espera para poder cruzar la calle, y doy mi primer paso. El primer bocinazo se escucha, y el grito de quien va manejando, con ese odio intrínseco de no querer matarme pero también querer hacerlo, por la estupidez que acababa de hacer. Mi mente reacciona, doy un paso atrás y vuelvo a esperar la marca de partida.

Nuevamente da verde y sigo caminando. Ya pasaron 25 minutos desde que salí de mi casa, tengo el abrigo en la mano que no sé por qué agarré si hoy hacía calor. Ahora no es más que un accesorio inservible que tengo que llevar debajo del brazo, incomodando mientras camino. La gente me mira extrañada del por qué llevo un abrigo debajo del brazo pero nadie se atreve a preguntar qué es eso que traigo ahí. Todo el mundo lo reconoce, sabe qué es, sabe para qué se usa, pero hoy uno debería haberlo dejado guardado en la casa y no lo saca a relucir en la calle. Pero ahí estoy, caminando, con mi abrigo bajo brazo como bandera oculta de algo que no quiero que se enteren pero que todo el mundo sabe que está ahí, no puedo evitarlo.

Siento cada vez más miradas penetrantes, gente que detiene su marcha durante un segundo para observarme, y luego, continúa con su andar.

– Soy una parada interesante en el camino de la vida de las otras personas – me dije a mí mismo sin saber qué carajos estaba diciéndome.

A lo lejos, veo una vieja. Les puedo prometer que había más vida en una partícula de polvo que lo que había en esa vieja. Al igual que con el perro, todo el mundo la ignoraba, estaba muerta para la sociedad.

Pero ahí estaba la vieja, parada, esperando alguna moneda, alguna caricia, alguna palabra que la ayude a sobrevivir un día más. Esta vez, no pude ignorar, no pude hacer como si no existiera ni cruzarme de calle y seguir caminando. No pude.

De nuevo me veo reflejado en esa vieja y sentí miedo. Me acerco, y sin siquiera mediar palabra, saco 10 pesos y le sonrío, bajo mi cabeza y sigo caminando.

40 minutos han pasado desde que salí de mi casa. He visto una vieja, un perro, he hecho el idiota en público y he tenido pensamiento que ni siquiera yo sabía que podía tener.

Las hadas siguen riendo y recordándome cada error que cometí desde que salí de mi casa. Me da calor y la sed empieza a aparecer.

El bar de la esquina parece interesante. Llego y busco al mesero que va a ser hoy quien cumpla con las órdenes que tengo para darle. Es el único momento donde realmente siento que hay un poder que estoy aprovechando y que está en mi. Es el único momento en el que alguien me hace caso.

Su trabajo es darme esa felicidad artificial que en otros lados también había encontrado.

Pido mi primera cerveza, son las 10 de la mañana, y pido un sándwich. No vaya a ser que quien me atiende piense que uno es alcohólico y bebe a estas horas solo para empezar el día.

En mis adentros sé muy bien que esa primera cerveza solo sirve para empezar una travesía que espero termine bien esta vez. Una travesía donde mi cerebro lentamente se va apagando y las decisiones se van haciendo cada vez más fáciles.

Son las 11:40 de la mañana, salgo del bar. Fueron 5 las cervezas que sirvieron.

Sigo caminando sin saber hacia dónde voy, sin entender por qué sigo. Ya tengo calor, me duelen las piernas, estoy sudado, cinco cervezas encima, y un abrigo que no sirve más que para ser un accesorio inútil escondido debajo de mi brazo.

Llego a una plaza, 12 del día. Y recordé que, por hoy, ese era mi destino.

A lo lejos Emiliano, uno de esos nuevos amores, me ve, me identifica, me reconoce y se acerca corriendo porque sabe que ese era nuestro punto de encuentro, nuestro destino para compartirnos un ratito de felicidad. Para intentar hacer que las heridas dejen de sangrar o que al menos dejen de doler.

Aunque no veo bien, reconozco su andar, y con cada paso que él da mi sonrisa cada vez es más grande, y la cerveza tiene mucho que ver con la sonrisa idiota que traigo. Él lo nota, se sonroja, y el mismo gesto se repite: una sonrisa idiota invade su cara.

Nos fundimos en un abrazo y un beso que pareciera que por un momento el mundo se detuvo. Nos separamos, miro alrededor y me doy cuenta de que sí, que nuevamente volvimos a ser una parada interesante para la gente curiosa, para quienes nos ven con extrañeza.

Sentados en la plaza, él se da cuenta de que huelo a cerveza, y me pregunta si todo está bien. Me pregunta si hoy fue un buen día, si duele más o duele menos. Me limité a mirarlo y él ya sabía la respuesta. Pero aún sabiéndola no puede hacer nada para apagar ese dolor, simplemente brindarme la esperanza de que en algún momento va a parar.

Mientras el tiempo vuela entre risas, abrazos y besos, vuelvo a tener hambre. Había comido hace poco, ¿cómo era posible sentir hambre ahora? Miro mi reloj y me percato: 3 de la tarde. Mirándole, aún con esa sonrisa de idiota que cargo desde que llegó, le pregunto por qué con él el tempo se pasa tan rápido. Me mira, sus ojos se iluminan, sé que intentan decirme algo pero no puedo descifrar lo que es lo es. Me da la mano, y me invita a comer.

Caminando, ahora juntos, buscamos dónde satisfacer el hambre. Ese restaurante de la esquina llama mi atención y también la de él. Me di cuenta en ese instante lo mucho que compartimos en gustos. Compartimos demasiado. Inclusive el mismo restaurante, ese que nunca habíamos cruzado, del que nunca habíamos oído hablar, llama nuestra atención al mismo tiempo.

Llegamos al lugar, la música está demasiado fuerte. No nos gusta. Nos vamos, quedándonos solo con esa tristeza y decepción de saber que ese era el lugar que habíamos elegido, donde queríamos ir. Pero ese espacio no era para nosotros.

Seguimos buscando dónde poder sentarnos un rato y alivianar ese dolor que en mi panza se iba creando porque ahí no había más nada que un café y un cigarro, el sándwich y las 5 cervezas.

Vemos un pequeño cartel, medio oculto, medio secreto. Entramos y el lugar tiene exactamente la misma vibra: oculto y secreto. Nos parece un lugar al que poco visitan, donde pocos pueden disfrutar de su silencio y tranquilidad. Y nos proponemos a mantener ese secreto para así tener un espacio que solo él, yo, y algunos otros pocos conocemos.

Nos sentamos y otra vieja, esta vez con mucha más vida, se nos acerca y nos pregunta qué vamos a comer.

– ¿No tendrás un menú con ganas de vivir para llevar, no? — Digo entre risas.

La vieja me mira extrañada, sigo riéndome como si nada. Emiliano, por debajo de la mesa, me da una pequeña patada intentando callarme.

– ¿En serio? ¿De nuevo esos chistes? Sabes que la gente no se ríe de tus comentarios, se preocupa. Yo me preocupo – Me dijo, dejando ver en sus ojos la preocupación que ese chiste le había causado.

Nos traen nuestras órdenes. Le robo unas papas. Son las 5 de la tarde.

Tenía ganas de seguir tomando. Estas 5 cervezas habían comenzado una travesía que no quería terminar. Aunque ya había pasado largo rato, aproveché la comida para pedirme dos más, bajo la terrible mirada de preocupación e indignación de Emiliano.

Él hacía todo lo posible para que esas travesías no terminaran mal, todo lo posible para cuidarme.

A unas calles del restaurante, encontramos una plaza comercial a la cual nunca habíamos ido. Decidimos entrar y aunque con miedo pregunté a Emiliano si podía tomar una cerveza más. O quizás él quería tomar algún trago. Nunca se sabe.

La mirada de Emiliano cambió, frunció el ceño, y aunque algo enojado sabía que hoy necesitaba esa felicidad artificial. A regañadientes entramos al primer bar que encontramos. Por suerte en la plaza comercial había uno muy interesante. Nos sentamos en el fondo, para evitar a la gente, para evitar el bullicio.

Las primeras copas fueron un poco tensas, pero luego del segundo trago las risas volvieron. Emiliano intentó preguntar qué sucedía el día de hoy. Las hadas habían estado tan presentes durante todo el rato.

– A veces siento que me ahogo en mis propios pensamientos, Emi. No quiero que te preocupes por mí. Sé que cuando me ves tomar lo único que hay en tu cabeza son esos momentos donde todo se fue al carajo. Es difícil, ¿sabés? Las voces no se callan, no se apagan, Emi. – dije, sin siquiera darme cuenta.

Rápidamente él desecha la idea; no quería seguir hablando del tema. Vi cómo el brillo de los ojos de Emiliano se apagaba un poco al escuchar mis palabras.

La conversación siguió fluyendo, los tragos no paraban, y entre risas, besos y bromas, el tiempo fue pasando. Sin siquiera esperarlo, escuché lo que más temía y lo que más deseaba al mismo tiempo.

—Te amo —dijo Emiliano, casi para sí mismo, pero alcancé a escucharlo. Mi corazón se aceleró, mi cuerpo se tensó, pero rápidamente traté de controlarme y no perder la compostura; no quería que Emiliano supiese que escuché lo que dijo. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que era yo la persona que ahora podía generar heridas en otros y no quería. No soy una bestia, no soy un monstruo, pero los duendes a veces controlan lo que hago mientras las hadas escondidas se ríen a carcajadas de los errores que cometo.

9 de la noche. Ya es tarde. Decidimos que ese era el momento para terminar el día. Emiliano no quería dejarme solo; conocía demasiado bien de lo que era capaz de hacer si, por un momento, perdía el control y los duendes se ponían a cargo.

Sin soltar la mano de Emiliano, nos fundimos en un abrazo y supe en ese momento que, teniéndolo cerca, el dolor era cada vez más liviano. Hacía ya tiempo que estábamos juntos, pero hoy fue la primera vez en la que sentí que su presencia realmente era positiva en mi vida. Empecé a caminar y él, medio extrañado, me pregunta que a dónde íbamos, que ya era tarde.

Llegamos a mi casa; era la primera vez que le permitía a Emiliano venir, y en su cara se notaba la felicidad que esto le generaba, sabía que era la prueba de confianza más grande que podía tenerle. Sabía bien que mi casa era ese lugar seguro donde nadie entraba, nadie iba, nadie sabía; donde podía ser yo mismo sin que nadie me juzgase, sin que nadie se preocupase, sabiendo que en la soledad y la tristeza, solo yo estaba presente.

Emiliano miró hacia todos lados, como sorprendido, pensando que quizás vivía en un espacio más feo, sucio, desecho y desordenado. Ya era tarde, el alcohol en nuestros cuerpos había pasado factura y el cansancio nos iba ganando.

Decidimos acostarnos y dormir; son las 11:45 de la noche.

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