12 de Octubre

Son las 7:25 de la mañana cuando me despierta el hambre. Hace días que no pruebo bocado. Mi estómago ruge, pero el solo hecho de pensar en comer me genera asco. Comer es un privilegio, y hoy no merezco ninguno. No después de lo que hice.

Me levanto mareado. El cuerpo me pesa como si la culpa hubiese hecho un nido en los hombros. Llego al baño tambaleando y me detengo frente al espejo.

Una mirada vacía en mi cara, como si buscara una grieta en el vidrio para atravesarla, regresar atrás, evitar todo.

El orden de mi apartamento me brinda una ligera sensación de tranquilidad. La luz que entra por la ventana me recuerda que, aunque no quiera, hoy tendré que afrontar otro día.

Me dejo caer en el sillón. No he hecho nada, y ya estoy agotado. Enciendo la televisión. Lo que sea, lo que suene. El teléfono vibra a mi lado. Mensajes, notificaciones. Gente que insiste en existir. No pienso leer nada.

Escucho que en la cocina el café está preparándose, la cafetera hace unos ruidos raros que me hacen saber que ya está todo listo.

Me levanto, el cuerpo me pesa demasiado. Cierro las cortinas; no quiero este día, no quiero la luz, no quiero nada. Quiero hundirme en la oscuridad y el vacío que mi departamento me ofrece. Busco mi café y vuelvo a mi sillón, con la cabeza llena de pensamientos vacíos, la mirada fija en la nada, y la taza en mi mano.

Decido por la primera película que aparece. La intención no es mirarla, sino que simplemente me acompañe mientras divago por mi mente. La verdad no logro recordar de qué trataba, o si me gustó o no.

Cuando logro reaccionar, son las 4:30 de la tarde. No sé cuánto tiempo estuve mirando la nada, ni cuánto estuve durmiendo.

Decidí salir a caminar, quizás la inmensidad de la ciudad me haga olvidar, aunque sea un rato, de todo lo sucedido. La innumerable cantidad de gente que me rodea hace que de a poco todo se nuble, la necesidad de ser invisible entre la multitud me abruma.

Me siento en un banco intentando recobrar la calma, mientras me esfuerzo para que mi cuerpo deje de temblar. No sé cuánto más puedo seguir así, necesito de su abrazo, de su aroma, del placer de dormir en su pecho mientras acaricia mi pelo.

Me envuelve el pánico al pensar que quizás no vuelva a verlo, me paraliza la idea de volver a estar solo. Su presencia se ha vuelto una constante estabilizadora.

Sin haberme percatado, el frío de las tardes comienza a calar en mis huesos. Miro mi teléfono y veo que son las 7:45 de la tarde. Siento que floto, sin saber siquiera dónde estoy.

Como puedo, utilizando cada gramo de fuerza que queda en mi cuerpo, inicio el laborioso camino de regreso a mi apartamento.

Mientras voy caminando al fin tengo el coraje suficiente para poder revisar todos esos mensajes que habían llegando. Casi llegan al centenar.

Desiré quiere saber si no he cometido alguna tontería, quiere asegurarse de que sigo bien.

Enrique, de la manera más maquiavélica, intenta convencerme de que hoy vayamos a beber, que ambos estamos libres y que la noche se ‘presta’.

Emiliano solo preguntó que cuándo podíamos vernos.

El número desconocido es el problema.

Al entrar en su chat encuentro un sinfín de fotos. Todas mías, abrazándome a la felicidad artificial, besándome con alguien a quien no logro reconocer, tocando cuerpos que no debería.

Es Diego, no hay duda de ello. Diego es el número desconocido.

Sentí como si me abrieran el estómago y las tripas cayeran al piso, salpicando todo de sangre y podredumbre. Estoy muerto por dentro.

No sé cómo, ni dónde encontré energías, pero corrí desesperadamente hasta mi apartamento. Me derrumbé en la entrada, y arrastrándome, llegué a mi baño. Vomito.

Intento expurgar la culpa con el vómito, un esfuerzo nefasto. Me duele el cuerpo, la garganta pide a gritos que pare, todo me da vueltas y de a poco mi visión se va haciendo borrosa. Tiemblo.

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