11 de Octubre
Ayer llegué a mi casa a las 4.35 de la tarde, no recuerdo bien qué fue lo que hice. Solo comencé a caminar sin rumbo, compré un café, y luego un agua. Seguía caminando, intentando descifrar qué había sucedido. Intentando recordar dónde todo se descontroló. Sé que es difícil de creer, pero la desesperación que me invade es tanta que, a pesar de terminar lastimando a Emi, no puedo controlar a los duendes. Saben que necesito un ratito de felicidad, aunque esa felicidad sea más dañina que cualquier dolor que traigo adentro.
No tuve el coraje de escribirle a Emiliano, ni mucho menos de buscarlo. No puede verme así, destruido, aún drogado, y con la mirada perdida. Suficiente ya ha sufrido por mi culpa para forzarlo a ver mi versión más rota. Preferí irme a dormir, o intentarlo al menos.
Hoy desperté temprano y le escribí de inmediato a mi jefe, necesitaba vacaciones de manera urgente. No puedo seguir afrontando el trabajo y las obligaciones, no por ahora. Por suerte, tenía varios días acumulados, dos semanas. Suficientes días para iniciar mi recuperación.
Me prometí que hacer todo el esfuerzo necesario para poder volver a estar bien, para poder hacer feliz a Emiliano. Dejar de lastimarlo.
Mientras pienso en todo esto, las hadas se ríen, mencionan que la mentira más grande que me han escuchado decir es que dejaré de lastimar a la gente que amo. Las ignoro.
Lágrimas descontroladas comienzan a recorrer mi cara, no sé de dónde vienen, o por qué aparecieron, solo sé que con cada surco que recorren mi alma se quiebra y duele aún más. Mis adentros de inundan de arrepentimientos y palabras no dichas. Sentimientos que nunca pude expresar.
Solo quiero a Emiliano, solo quiero que me abrace y olvidarme de todo. Dormirme en su pecho y escuchar su corazón acompasado que siempre me recuerda que la vida, con él, no duele tanto.
El mensaje del número desconocido aún sigue rondando en mi cabeza. No logro recordar qué hice, o a quién le compartí mi número. Se me viene la idea de que Diego me vio. Odio a Diego.
Es como si él pudiese oler dónde estoy para de inmediato utilizar cada cosa que hago como herramienta para alejarme de Emiliano. Y mientras lo hace, lo lastima. Lo destruye con cada palabra que pronuncia.
Me envuelve una sensación de violencia que no puedo evitar, solo quiero volver escudo y no permitir que Diego se acerque a Emiliano. Pero no puedo.
Diego es quien ha estado ahí cuando yo no he podido, o cuando he fallado. No puedo quitarle a Emiliano uno de los pocos pilares que tiene, aunque me llene de odio el saber que está cerca de él.
Hoy es un día donde mi cuerpo no reacciona. Mi cabeza está muda y los pensamientos no fluyen. Solo puedo sentir un dolor inexplicable. Todo duele, todo arde. Hay algo que me falta en mis adentros, aunque no sé qué es.
Decidí que la mejor opción es dormir. O al menos intentarlo. El sueño nunca llegó. Pasé horas en silencio, mirando el techo, sin comer ni beber nada. No hay motivación para hacerlo. Simplemente me llena la culpa, me aprisiona y me deja clavado a mi cama.
La oscuridad de la habitación me acompaña mientras que el silencio que me rodea susurra mis pecados.
Me voy rompiendo de a poco, por suerte, el sueño me invade y ya nada importa.
Tengo la confianza de que hoy podré hablar con él, de que vamos a poder aclarar y al fin sabrá escucharme. Pero la experiencia me dice lo contrario, algo en mis adentros dice que simplemente volveré defraudarme, que confiar en él es la peor de las opciones posibles.
Desperté temprano, no sé si por costumbre o por extrañarlo. Hay una parte de mi que solo quiere abrazarlo y recordarle que todo estará bien. Otra, sin embargo, solo quiere tirar todo, romper todo, dejar fluir la ira que traigo acumulada, darle rienda suelta a la catarata de lágrimas que he estado acumulando.
Apenas despierto y la ansiedad me invade, me duele el pecho y la respiración se acelera. Debo controlarme.
Estoy solo en mi habitación, la oscuridad es absoluta. Solo la luz de la pantalla de mi teléfono ilumina mi cara. Busco desesperadamente un mensaje de él, en vano.
Se por experiencia que después de días así tendré que esperar a que él se sienta cómodo para volver a hablarle. Pero, ¿qué hago con todo lo que tengo adentro, con las palabras no dichas y las lágrimas acumuladas? ¿Por qué tengo que ser yo quien espera? ¿Acaso es mi lugar asignado en esta relación? ¿El que aguanta y es obligado a soportar? Ya no puedo.
Siento que cada día que pasa algo en mi se pierde para siempre. Quizás algo de amor se termina.
La inmensidad de mi cuarto me agobia. Intento recordar los momentos felices pero mi mente me traiciona, todo se vuelve difuso y solo logro ver todas las lágrimas que alguna vez por él solté. No puedo contenerlo más y, sin darme cuenta, comienzo a llorar. Tiemblo mientras dejo ir todo la tristeza y el rencor que tengo acumulados. Es un llanto que duele. De esos que generan incomodidad en la gente.
Intento recuperar el aliento, intento controlar mi cuerpo, pero todo es en vano. La soledad se vuelve real cuando, entre lágrimas, aún sigo esperando su mensaje. Intento recordarme el por qué sigo aquí, intento recordar el amor que le tengo.
De a poco se va desvaneciendo, aunque lucho diariamente por seguir amándole. Recuerdo sus gestos, sus manos, sus abrazos. Recuerdo la tensión de cada uno de sus músculos durante sus crisis, sus gritos ahogados, sus miradas esquivas. Recuerdo lo roto que está, y lo mucho que me va rompiendo.
Volví a dormir sin siquiera darme cuenta, no estoy seguro si me venció el cansancio, la soledad o la tristeza.
Desperté en la tarde, con el cuerpo adolorido y las almohadas manchadas de lágrimas. Cómo puedo me levanto, mis manos sudan y todo me da vueltas. Busco, sin siquiera pensarlo, mi teléfono. Por fin puedo ver un mensaje suyo, aunque no estoy seguro si quiero leerlo.
– Cada día que pasa te alejo más de mi, te apago, te hago sufrir, pero aún así, te amo. Daría el cielo y el infierno por poder ser mejor, por poder cambiar, por darte todo lo que realmente mereces.
Alcancé a leer, mientras nuevamente mis ojos se nublan y se llenan de lágrimas.
De nuevo comienzo a temblar y, por hoy, prefiero esconderme en la soledad de mi habitación.