10 de Octubre
Mierda. No reconozco este lugar, no sé dónde estoy. Me duele el cuerpo y la cabeza me da vueltas. Tengo algunos recuerdos de anoche, pero nada tiene sentido. Había muchas botellas vacías, muchos gritos, y ¿besos? ¡Mierda!
Otra vez los duendes tomaron el control y las hadas se cagan de la risa.
Estoy cansado de mentirme a mí mismo y creer que la última vez fue en verdad la última. Emiliano no tiene por qué estar soportando estas cosas. Pareciera que es mi pasatiempo favorito contar cuántas lágrimas puedo sacarle. No tengo las fuerzas necesarias para verle nuevamente hundirse en la tristeza. Conozco cada arruga que se forma en su cara cuando le hago llorar, esas que nacen justo entre sus cejas y dibujan una sombra de dolor alrededor de sus ojos. Las tengo grabadas en mis retinas, no puedo permitirme olvidar el daño que le he causado. Mi martirio lo decido yo.
Esta habitación huele a una mezcla de tabaco, alcohol y algo más que no logro identificar. Me empiezan a temblar las manos mientras busco mi teléfono. ¿Qué hora es? ¿Dónde mierda estoy? Encuentro mi celular tirado en el suelo, son las 10:23 am. Seguro Emi ya está despierto. ¿Me habrá escrito? ¿Lo llamé?
Desbloqueo el teléfono y con cada notificación que aparece siento que el pecho se me hunde más y más. Un mensaje de Desireé, uno de un número desconocido, nada de Emiliano. Claro que no. ¿Qué esperabas?
El número desconocido llama mi atención:
– Anoche te pasaste. Espero que no se te haya olvidado lo que dijiste.
¿Qué mierda dije? Leo el mensaje una y otra vez intentando recordar, como si la respuesta estuviera escondida en alguna parte de la pantalla. Pero nada. Me golpea una sensación de vacío, como si en algún momento de la noche me hubieran arrancado algo del pecho. Me duele.
Agarro la campera que está tirada en el piso y me la pongo, mientras rápido acomodo el resto de mi ropa. Algo en el bolsillo suena: un encendedor y una bolsita. Ahí está el problema. Otra vez. Me quedé mirando al polvo blanco por un segundo eterno, hasta que cierro el puño y lo tiro contra la pared.
– La última vez, Nahuel. Dijiste que era la última vez– me sorprende mi propia voz.
El sonido de mis palabras me aturde, pero no lo suficiente para silenciar lo que enseguida me ataca. El eco de risas, las mías, las de Desireé, de alguien más que no logro identificar. No sé qué me duele más: el cuerpo o la culpa.
Como puedo termino de orientarme y comienzo a caminar hacia la puerta, tambaleándome. Me doy cuenta que ni los zapatos tengo puestos. Los veo tirado al lado de un sillón medio viejo, gastado. Salgo casi a escondidas de ese departamento que bien podría ser una trinchera de guerra. El sol de la mañana me quema los ojos y la garganta me pide agua a gritos.
La notificación de mi teléfono me asusta y entrecerrando los ojos alcanzo a divisar el mensaje de Emiliano.
– Necesitamos hablar. No puedo seguir así, Nahuel. No es justo, esto me está matando.–
Me duele respirar. Esas palabras me pegan como ladrillazos en el pecho. Me quedo tieso en la vereda, con los rayos del sol clavándose en mi nuca, mientras intento leer el mensaje una y otra vez. Lo leo como si fuera la primera vez que me escribe algo así. Como si ya no supiera que este ciclo nos está matando a los dos.
Mi primer impulso es escribirle. Decirle algo, lo que sea. Pero… ¿Qué puedo decirle que no suene vacío? Lo amo. Lo amo con todo lo que soy, pero nunca puedo decírselo. Ni siquiera sé si sería suficiente.
Con los dedos temblando, tipeo una respuesta. Borro. Tipeo otra. Borro de nuevo. Al final, solo dejo esto:
"Lo siento."
Dos putas palabras que no van a arreglar nada, pero no tengo fuerzas para más.
Guardo el teléfono en el bolsillo y sigo caminando, aunque no sé hacia dónde. Un ruido me distrae: alguien grita desde el otro lado de la calle. Me doy vuelta y ahí está Desireé, con su cabello desordenado y ese cigarrillo eterno entre los dedos. Me mira y sonríe, como si todo fuera un chiste.
– Otra aventura para las anécdotas, ¿verdad? – me dice, cruzando la calle con una confianza que siempre me irrita y me fascina al mismo tiempo.
La miro y no digo nada. No tengo fuerzas para sus bromas, ni para lo que sea que venga después. Emiliano está en mi cabeza. Sus palabras, su dolor, y ese "esto me está matando" que no me voy a poder sacar de encima.
Son las 10:47 de la mañana. Por suerte, creo que hoy no trabajo. Desireé me mira fijamente, como esperando a que diga algo, algo que la sacara de su propia inquietud. No hay nada que pueda decirle, no tengo palabras. Todo lo que siento se amontona dentro de mí, retumba en mi pecho. La miro, sin verla, y finalmente aparto la mirada.
– ¿A dónde vas? – insiste, con un tono que parece más curioso que preocupado.
No le respondo. No quiero decirle nada. No sé qué decir. Caminar sin rumbo se ha vuelto lo único que sé hacer. Me acuerdo de la vieja y del perro.
Ella da un paso hacia mí, con ese aire de siempre, de alguien que puede leer lo que por debajo de mi piel hay, pero que, hoy, no sabe cómo manejarme.
– ¿Por qué no vas a ver a Emiliano? – me pregunta, y la forma en que lo dice tiene algo que me irrita. O tal vez soy yo.
– Porque… sé que no quiere verme, está harto. Ya no sé qué más hacer…– Me tiembla la voz, y un nudo hace nido en mi garganta. Es más un suspiro que una respuesta, pero ella lo escucha. Sabe lo que no estoy diciendo.
Desireé me observa un segundo más, algo en sus ojos cambia, pero no dice nada. No intenta consolarme, no hace promesas vacías. Sabe que no serviría de nada.
– Vas a terminar perdiéndolo, ¿lo sabes? Si sigues haciendo esto, si dejas que tus travesías, o tus duendes, te dominen; si sigues sin tomar el control de lo que tienes en frente…– sus palabras caen con una crudeza que no me esperaba, y no estaba listo para afrontar.
Me muerdo el labio conteniéndome, mis ojos se nublan. ¿Por qué siempre tiene que tirar piedras donde sabe que hay una herida? ¿Por qué no puede simplemente dejarme en paz con mi dolor?
– Lo sé. – Es todo lo que respondo, porque no sé qué más puedo decir.
Se da media vuelta, como si ya no le importara más, pero antes de irse, me lanza una última mirada, sus ojos llenos de sentimientos que pocas veces le he visto tener.
– No me hagas ser la que siempre te lo recuerda, Nahuel– Y se va, dejándome solo con mis pensamientos.
El teléfono vibra de nuevo. Sin poder evitarlo, lo saco del bolsillo y miro el mensaje de Emiliano.
"¿Podemos hablar? Estoy preocupado."
Mi corazón da un salto. La ansiedad me consume. Sé lo que debo hacer. Sé que no puedo seguir evadiéndolo. Pero, ¿por qué se preocupa por mí? ¿Por qué sigue intentando? Después de todo lo que le he hecho, ¿todavía le importo?
Con los dedos temblando, escribo y borro tres veces. Me siento incapaz de mandar algo que no sea una mentira, algo que no suene vacío. Al final, escribo lo único que puedo decir:
"Estoy bien."
Sé que es una mentira. Pero es lo único que puedo ofrecerle.
Guardo el teléfono de nuevo, sabiendo que la mentira sigue creando distancia entre nosotros. Son las 11:30 de la mañana y sigo caminando. Esta vez, no voy a ningún lugar en particular. Solo me dejo llevar. No quiero pensar, no quiero sentir. Solo quiero desaparecer por un momento.
El miedo sigue plácido en mi pecho. Esa sensación constante de que estoy perdiendo algo que, tal vez, nunca pude tener. Y aunque mis pies siguen avanzando, mi cabeza está en otro lugar, atrapada en la misma historia que todavía no sé cómo termina.
La ansiedad casi no me dejó dormir anoche. Estuve revisando el teléfono, esperando una señal de Nahuel, algo que me indicara que estaba a salvo. Fue en vano. No sé si fue el cansancio o la resignación, pero terminé apagando el teléfono y cerrando los ojos, el sueño nunca llegó del todo.
Diego tampoco fue de ayuda, sus mensajes de ayer todavía rondan en mi cabeza, sus comentarios llenos de veneno: “¿Ves? Nahuel siempre te va a lastimar. Te necesita, pero como no como tú necesitas que te necesite”. Una parte de mi sabe que no debería prestarle atención, pero la otra no puede evitar darle la razón.
A veces pienso que Diego se divierte con todo esto.
Mi mamá me preparó café y huevos revueltos, como cuando aún vivía en casa. Me preguntó si estaba mejor, y yo solo pude sonreirle de forma torpe. Sabía que si insistía, si me hacía preguntas, terminaría rompiéndome. No quería preocuparla más, ya tiene bastante con sus propios dilemas.
Mientras desayuno, y con las manos temblorosas, escribo con rabia a Nahuel.
“Necesitamos hablar. No puedo seguir así, Nahuel. No es justo, esto me está matando.”
Me estaba muriendo de amor y apenas lograba reconocerlo. Los minutos pasan y mi desesperación aumenta mientras espero su respuesta, mi mamá nota como la ansiedad va creciendo dentro mío.
El teléfono vibra.
“Lo siento.”
Dos palabras. Dos malditas palabras.
Respiro profundo, intentando mantener la compostura y no perder el control, pero es difícil. ¿Qué significa eso? ¿Lo siente de verdad? ¿O simplemente no sabe qué más decirme?
Por un momento, pienso en dejarlo. En no responder, en no buscarlo más. Pero sé que es mentira. No puedo dejarlo, no quiero. Aunque todo esto me duela, aunque me consuma.
Sin pensarlo mucho, y con los ojos nublados, le respondo: “¿Podemos hablar? Estoy preocupado”. Tiro el teléfono, y de inmediato me arrepiento. No quiero ver su respuesta. Casi de inmediato vibra, y me quedo sorprendido. Nahuel no suele responder tan rápido.
Era Diego. ¿Qué quiere ahora? ¿Acaso no le bastó con sus mensajes de anoche? ¿Qué espera de mí? ¿Qué quiere?
“¿Sabes que anoche no estuvo solo, verdad? No soy yo quien debería decirte esto, pero mereces saberlo”.
Me quedo helado. Diego no es la mejor fuente de confianza, pero mis peores miedos ya están encendidos. ¿Con quién carajos estuvo Nahuel? ¿Acaso otra vez me engañó?
Mi mente empieza a correr, imaginando cosas que no quiero imaginar, escenarios que me llenan de rabia y tristeza al mismo tiempo.
Intento calmarme, pero no puedo. Me siento atrapado entre querer saber la verdad y tener miedo de que esa verdad me termine destrozando.
El teléfono vuelve a vibrar, un mensaje de Emiliano.
“Estoy bien”.
No sabía si reír o llorar al leerlo. La verdad es que no esperaba una respuesta, no después de la noche anterior, pero eso no hizo que el mensaje me tranquilizara. Todo lo contrario. “Estoy bien” es lo mismo que siempre dice cuando sé que está lejos de estarlo. Es su forma de evitar que me preocupe, pero es una mentira que ya no funciona conmigo.
Me pregunto si todo esto vale la pena, si seguir amándolo tiene algún sentido. Pero luego pienso en los momentos buenos, en las risas, en los besos, en cómo se siente tenerlo cerca. Y sé que no estoy listo para dejarlo ir.
Volví temprano a mi departamento, pensando que el día iba a ser tranquilo. Diego llegó a los pocos minutos, parece que puede oler a kilómetros mis momentos más vulnerables.
Resignado le dí paso, no tengo las fuerzas para discutir con él. De inmediato aparecieron sus comentarios.
– ¿Ves? Ahí lo tienes otra vez. Tú rompiéndote por dentro, dejándo todo por él. ¿No te cansas de llorarlo cada noche, Emi? – Me dice, y casi grito de la rabia. Nunca le di permiso para que me dijera así. – Es su juego, él sabe que te tiene atado.
No se cansa, no sé de dónde saca tanta energía para decirme estas cosas. Lo peor es que a veces su palabras se sienten como una verdad incómoda, como si fueran el eco de mis pensamiento más oscuros.
Pero no puedo pensar así, no quiero pensar así. Conozco a Nahuel, sé que no está jugando conmigo. Él no busca manipularme; él está roto. Y aun así, no puedo evitar sentir que estoy sosteniendo algo que se desmorona más rápido de lo que puedo repararlo.
Mi mente divaga mientras preparo otro café, y un té para Diego. Sé que sigue hablando, pero no logro identificar todo lo que dice.
– Él sabe lo empático que eres. Sabe bien que no lo vas a dejar, no importa cuánto te lastime– alcanzo a entender mientras intento no tirar la taza contra la pared.
Me niego a pensar que solo es dependencia, quiero pensar que hay algo más, que de verdad hay algo bueno entre nosotros. Pero, ¿cómo puedo saberlo? ¿Cómo puedo seguir adelante cuando lo que siento por él me llena tanto como me rompe?
– No quería decírtelo por mensaje, por eso vine hasta acá, Emi. ¿Todavía no te ha dicho dónde estuvo anoche? Mejor dicho, con quién estuvo…- Diego seguía escupiendo veneno. Estoy a punto de tirarle de café hirviendo en la cara. Pero me controlo.
Suspiro y le acerco su taza, me siento en mi sillón y él sigue mirándome desde la mesa. Mi mente sigue hundiéndose en un sinfín de preguntas. ¿Por qué no me respondió antes? ¿Qué significa “Estoy bien” cuando claramente no lo está? ¿Qué hizo anoche? Mi pecho se siente pesado, como si estuviera cargando con un peso que no me corresponde. Quiero correr a buscarlo, quiero abrazarlo, quiero saber qué está pasando realmente en su cabeza. Pero sé que no debo. Sé que si sigo haciéndolo, si sigo dejándome llevar por esta necesidad de protegerlo, terminaré perdiéndome yo.
Me quedo sentado en el sillón, con el teléfono en la mano, esperando un mensaje que probablemente no llegará. Y aunque quiero convencerme de que todo va a estar bien, la verdad es que no estoy seguro de que eso sea cierto.
Son la 1 de la tarde y tomo mi café en silencio.