8 de Octubre
Acostumbro ir los martes a la oficina. Empiezo mi día más temprano; la alarma suena a las 7:20 de la mañana. Tratando de no hacer ruido, me levanto; Emi sigue dormido. Me meto a duchar para poder empezar el día.
Salgo de mi habitación y comienzo a cambiarme. Emiliano se da vuelta y sigue durmiendo; pensé que lo había despertado. Hoy creo que tendré que dejarlo mientras él duerme; sé que sus martes no empiezan hasta mucho más tarde. No quiero interrumpir su sueño.
Desayuno algo ligero, como fingiendo que sí comí, para no preocupar a Emiliano. En mi mano, el café y en la otra el cigarro, continúo con mi ritual matutino. Son las 8:20 cuando salgo de mi casa y me enfrento nuevamente a esa horda de monstruos sin cara.
Hoy sí tengo un destino donde llegar; sin embargo, no quiero llegar. Los martes solían ser los días donde tomaba terapia, pero ya no lo hago. Llego a la oficina a las 9:37; aún tengo un ratito libre antes de empezar mi día.
La primera persona que me habla en la oficina es Enrique, aunque sé bien que no tengo que hablar con él. Emi se pone celoso; sabe que hace un tiempo tuvimos algo, pero que nunca más se repitió. Aún así, Emi dice que mis travesías son traicioneras y que no siempre estoy en control. Él prefiere que esté lejos de Enrique antes de que, por culpa de las hadas o de los duendes, cometa un error.
—Hace mucho no vienes a la oficina, te extraño —dice Enrique con una livianeza que me asusta; pareciera creer que todavía hay algo entre nosotros.
De inmediato, mi cuerpo reacciona y rechaza la presencia de Enrique; cada una de sus palabras, su sonrisa, me generan desprecio. Veo que por detrás de él se acerca mi persona salvadora: Desireé. Esa es una de mis mejores amigas en la oficina, un pilar que me ha ayudado a mantenerme aquí todo el tiempo que he estado. Compartimos equipo, compartimos proyectos, compartimos horarios.
Con ella puedo hablar distendido; sé que nunca me va a preguntar cómo me siento, como solo le interesan las cosas fugaces del mundo, el internet, los videojuegos y las influencers que cada 5 minutos aparecen. Sin darme cuenta, hasta las 10 nos dirigimos todos a nuestro puesto para empezar a trabajar.
Nuevamente, me encuentro con un sinfín de mensajes y correos sobre proyectos atrasados y exigencias de mis jefes sobre los reportes de estado. Nuevamente, mi cerebro entra en modo monótono, sin darse cuenta del paso del tiempo, mientras las voces que hay alrededor se desvanecen. Hoy las hadas no han hablado ni los duendes han aparecido. Solo hay silencio en mi cabeza.
Mi panza me dice que ya es momento de comer; miro el reloj, son las 12:45 del día. Me levanto de mi escritorio y busco desesperado a Desireé antes de que Enrique pueda verme y que voy a ir a comer. Nos escabullimos como si fuese un secreto lo que estamos haciendo, aunque sí lo es, pero no para todos.
El comedor es compartido, por eso me gusta comer afuera, pero Desireé me había prometido que hoy me iba a traer la comida. Me había dicho algo de lo que estaba aprendiendo y que últimamente sus recetas son muy buenas; quería tener una opinión neutra sobre su nueva técnica de cocina.
Me quedé sorprendido al ver lo que había preparado: un plato que poco se ve aquí en México. Eran empanadas árabes. Creo que, de alguna manera, mi cara reflejó la felicidad al ver esa comida; Desireé lo notó inmediatamente. Sin siquiera pedir permiso, agarré la primera empanada y me ahogué en un recuerdo de un lugar que había dejado hace tanto.
No sé si fue el recuerdo, la nostalgia o el hambre, pero hoy no tuve problemas para comer. Disfruté cada momento, cada bocado, mientras probaba la nueva cocina de Desireé.
Son la 1:20 y aprovecho para escribir los mensajes a Emiliano. Ya tenía varios de él que no había respondido. Supuse que también estaría disfrutando de su hora de comida, por lo que le pregunto si puedo marcarle.
Me quedaba poco tiempo; aun así, seguí esperando el mensaje de respuesta. Podía ver que estaba en línea, pero mi mensaje no era ni leído ni respondido. Mi mente inmediatamente se va a ese lugar donde no quiero estar, como si las hadas empezaran a reírse, y esta vez son los duendes quienes me hablan y me dicen que tenían razón las hadas.
Tengo que volver a mi escritorio, pues ya no tengo tiempo de seguir esperando los mensajes de Emiliano. Me siento frustrado y siento cómo el enojo poco a poco va fomentándose dentro de mí. 45 minutos después, una notificación me hace perder la concentración; era Emiliano quien me estaba respondiendo, diciéndome que lo perdonara, que estaba en otras cosas y que no podía hablarme ahora.
Su mensaje, por alguna razón, lo único que hace es generar más enojo, y en mi cabeza se me cruzan las palabras de Enrique. Las hadas gritan, vitorean, me incitan a que ese pensamiento fugaz sea una realidad, que Enrique está ahí mientras Emiliano me ignora.
No puedo dejar que me ganen; intento enfocarme en lo que tengo enfrente y trato de dejar de lado ese enojo y esa preocupación que Emiliano me había generado. No quiero volver a ser una bestia; no quiero volver a lastimarlo.
Desireé se acerca por la espalda y me saca de esos pensamientos absurdos y vacíos que estaba teniendo. Hice un par de cosas que no logro entender; tengo que preguntarle tres veces para que mi cerebro pueda conectar con la realidad. Me pregunta sobre los avances de un proyecto que estoy liderando, que necesita los reportes para poder enviarlos. Está mirando con cara frustrada porque esperaba esos reportes el día jueves pasado, no hoy. Soy su jefe, pero logro entender su frustración; estoy atrasado con una semana de trabajo. No es bueno para nadie, ni siquiera para mí.
Ya han pasado 3 horas desde que decidí ignorar el mensaje de Emiliano. No quería responderle, no quería ser malo, no quería ser cruel.
De pronto, veo que Emiliano me manda otro mensaje. Me pregunta dónde nos vemos para dejarme la llave que le dejé; como es una llave de repuesto, no la necesito. Mientras ese pensamiento pasa por mi mente, las hadas aprovechan la oportunidad para gritarme: "tampoco lo necesitas a él, tampoco te necesitas a vos."
Decido hacer lo que generalmente hago: lo contrario a lo que las hadas dicen.
—Puedes quedarte con ese juego de llaves; no pensaba que sucediera así, pero hace un par de días vengo pensando en darte ese par de llaves. Puedes entrar a mi casa cuando quieras. – Le respondo.
Son las 7:25 de la tarde; debería haber salido hace una hora. Estoy esperando que Desireé termine los últimos reportes para que podamos ir a tomar unas cervezas juntos. Esa vida ha sido nuestra rutina durante los últimos 8 meses. Cada día que llego a la oficina, esperaba que ella terminase su último reporte para poder ir a tomar una cerveza y compartir un rato de la vida, como si no tuviéramos preocupaciones, síntomas profundos, sin mirarme a mí mismo.
Desireé es una influencia ambivalente en mi vida. Me permite desconectar del estrés del trabajo durante los días que estoy en la oficina, pero también ha sido la iniciadora de muchas travesías que terminaron mal. No es un ejemplo a seguir; ella también disfruta demasiado de la felicidad artificial, también ha pecado y también la han abandonado.
Nuestro bar preferido hoy se encuentra más repleto que nunca, aunque reconocemos las caras de los habituales sin hacer mucho esfuerzo. Armando, nuestro mesero de confianza, nos ve llegar a lo lejos y, de inmediato, sale corriendo a abrazarnos y saludarnos. Ya llevamos tanto tiempo yendo con él que un abrazo no es de extrañarse.
Son siete las cervezas que llevo encima, dos tequilas y algo que me regalaron, no sé quién y no quiero recordar. La felicidad artificial está haciendo su efecto; sin embargo, hoy necesito aún más. Por suerte, estamos en mi bar favorito, un lugar donde puedes encontrar lo que quieras. Me acerco al baño con dos objetivos: uno, saludar a la persona que está en la puerta; dos, poder orinar.
Con un apretón de mano intercambiamos los objetos que traemos ocultos. Voy al baño.
Al regresar a mi mesa, todo se siente más tranquilo; ya me siento feliz, ya no hay estrés, ya no hay ansiedad. Las heridas que se abrieron durante el fin de semana parece que ahora ya no están doliendo, que se cerraron y ya no supuran.
Sé que mi teléfono ha estado vibrando intensamente las últimas... ¿cinco horas? No estoy seguro de la hora y ya no sé en dónde estamos. Agarro mi teléfono y veo todas esas notificaciones; las ignoro, pido mi taxi.
Mi apartamento se siente vacío y solo; una oscuridad absoluta lo invade. Las hadas y los duendes están dormidos. Mi cuerpo cae rendido sobre mi cama.
Cuando Nahuel apareció en mi vida, no era más que un fantasma de algo que él aseguraba ser. Acepté conocerlo solo porque quería distraerme un rato; entre el trabajo y los exámenes de la maestría, mi estrés estaba por las nubes. Nunca había salido con un extranjero, y me resultó curioso saber cómo sería una primera cita con alguien que no había crecido en la misma ciudad que yo.
Al verlo por primera vez, hubo varias cosas de él que me llamaron la atención. Primeramente, su acento. Es imposible no notar el acento que trae; puedes saber a kilómetros que no nació aquí. Hasta gracioso me resultaba escucharlo decir modismos de mi ciudad con un acento tan marcado.
Al pasar la noche, hubo cosas que me sacaron un poco de onda, pero más que nada, me provocaron mucha pena. Parecía un cachorro lastimado, intentando hacerle frente a un enemigo tan grande sin siquiera darse cuenta de lo pequeño y herido que estaba.
Los martes él toma terapia; creo que le ha estado ayudando.
No estoy seguro de cómo debería sentirme después de lo que pasó este fin de semana. Por un lado, mis papás están encantados con él, quieren que vayamos a comer con ellos la próxima semana. Mi hermano, por alguna razón, lo admira muchísimo. Dice que él también quiere viajar por el mundo y conocer tantas cosas. Mi mamá dice que mi hermanita preguntó por él varias veces; creo que le cayó bien.
Cada vez que lo veo, mi corazón se acelera y pierdo el absoluto control de mi ser; me dejo ir y me dejo llevar por él. Tanto así que hasta se me escapó un "te amo". Estoy seguro de que lo amo, pero no era el momento de decírselo.
Su departamento me sorprendió muchísimo; es mucho más ordenado de lo que se muestra por fuera. Pareciera que todo tiene un lugar, un espacio, una razón de estar allí. También me preocupó ver la excesiva preocupación por el orden; creo que está intentando tapar el caos que gobierna su vida.
Ayer me dijo que si quería ir a cenar con él; es mi segunda vez en su departamento. Intenté recordar cada detalle de ese lugar: las ventanas, sus muebles, los cuadros colgados, las luces en las esquinas.
Hoy desperté y él ya no estaba; los martes va a la oficina. Me dejó un juego de llaves, una pequeña nota y el desayuno preparado en la mesa ratonera de la sala.
—Cierra al salir. Asegúrate de que la puerta del balcón esté cerrada y también las ventanas. Te quiero —leí en su nota, con su letra medio torcida y un corazón que reemplazaba el punto final.
Sentí que algo me recorría por dentro y no pude evitar sonreír como tonto mientras apoyaba su nota contra mi pecho. Un souvenir más para mi colección.
Le envié varios mensajes, pero, estando en la oficina, es más difícil que me responda. Pareciera que su vida godín a veces le absorbe cada minuto del día, pero sé que su trabajo le gusta.
Mientras esperaba a que Nahue me respondiera, llegó Diego y nos pusimos de inmediato a trabajar. La escuela nos está consumiendo la vida, y las tareas no terminan nunca.
Ni siquiera sabía dónde había dejado mi teléfono hasta que comenzó a sonar. Era mi mamá llamando, preguntándome si estaría libre en la tarde. Al colgar, noto que Emi me había dejado varios mensajes; quería llamarme.
Le avisé que estaba ocupado; no puedo distraerme y menos si Diego está presente. Él cree que Nahuel es lo peor que me pudo haber pasado en la vida, que de a poco me ha ido cambiando para mal y que debería dejarlo de una vez.
Diego es un idiota.
Nahuel me dejó en visto, y eso me emputa; él lo sabe. Sé que lo hizo intencionalmente, pero no sé qué le pasa hoy. No puedo andar indagando, tenemos que seguir avanzando; la fecha de entrega es el próximo lunes.
Diego se va, y sigo sintiendo que tiene algo en contra de Nahuel, lo cual es raro; ni siquiera lo conoce. Los comentarios que hace a veces son bien incómodos, y no sé qué decir. Después del lunes, voy a tratar de alejarme; no me gusta lo que dice sobre Nahue.
Recuerdo que tengo las llaves del departamento de Nahue y enseguida le mando un mensaje; realmente no sé cómo reaccionar a su respuesta.
—Puedes quedarte con ese juego de llaves; no pensaba que sucediera así, pero hace un par de días vengo pensando en darte ese par de llaves. Puedes entrar a mi casa cuando quieras —me dijo.
Fue mi momento más feliz de la semana; no sé por qué, pero de inmediato todo parecía ser menos grave, menos serio. Ni siquiera me molestó saber que estaba con Desi, tomando, en su bar preferido. Aunque sé que ese bar es más problema que solución.
Desde las 10 de la noche le estoy enviando mensajes y no responde; no sé si está bien. Ni siquiera tengo el número de Desireé para preguntarles cómo están.
Son siete los capítulos que he visto sin prestar atención; mi teléfono marca la 1:20 de la madrugada. Intentaré dormir.