Algo se rompió. Lo que sigue habla de abuso en la infancia.

Puedes seguir leyendo o irte. Aquí nadie juzga.

7 de Octubre

Durante la semana solo trabajo desde mi casa; empiezo a las 10 de la mañana y generalmente mis días son tranquilos. El día de hoy parece ser uno más de los tantos: responder correos y mensajes, asegurarme de que todo está en orden y seguir avanzando con esos proyectos que quedaron pendientes del jueves pasado.

La rutina ha convertido este trabajo en algo monótono. No necesito prestar mucha atención para saber qué es lo que estoy haciendo, y eso me permite hundirme en pensamientos profundos mientras trabajo.

Lo primero que recuerdo de mi infancia son los gritos. Nunca entendí por qué en mi familia la comunicación era a través de gritos. Vuelve a mí la memoria del día anterior y recuerdo a la familia de Emiliano; vuelvo a sentir envidia.

Son las 11:45 de la mañana y, de pronto, mi trabajo se convierte en un infierno. Mensajes llegan por todos los canales, mi teléfono empieza a vibrar; algo se había roto. Mi jefe, preocupado, se acerca a mí para tratar de apaciguar el fuego que se estaba encendiendo. Trabajando no sufro ansiedad, ni espasmos, ni tengo que alejarme de abrazos furtivos. Con toda la seguridad del mundo, le aseguro a mi jefe que nada va a pasar, que no es la primera vez que esto sucede y que conocemos perfectamente qué es lo que debemos hacer para poder solucionarlo.

El fuego que se encendió distrajo mi mente durante 3 horas. Tengo hambre y ya puedo relajarme mucho más. Hoy no tengo ganas de cocinar; mi cuerpo todavía sigue cansado y dolorido de lo que había sucedido el día sábado. Además, no estaba seguro si iba a poder comer; no quería vomitar el día de hoy. Reviso mi teléfono, el cual había dejado de lado para poder concentrarme en mi trabajo, y encuentro un sinfín de mensajes de Emiliano, como preocupado.

Me sentí tonto al no darme cuenta de que Emiliano estaba preocupado por mí. Me sentí mal; de nuevo estoy siendo esa bestia que no quiero ser. No quiero lastimarlo, no quiero hacerle mal; lo único que quiero es que sea feliz a mi lado.

De inmediato le marco; responderle con un mensaje no se sentía correcto en ese momento. Él responde y escucho su voz aliviándose y su estrés yéndose despacio. Le aseguro que estoy bien y le cuento lo que ha sucedido. Le confirmo que no he comido todavía y que lo extraño, aunque lo haya visto hace poco.

Hoy tenía ganas de verlo. No sé por qué, pero esa manera de necesitarlo cada día se volvía más intensa. Le pregunto si quiere cenar conmigo esta noche y si quiere pasar la noche conmigo. Aunque no puedo verlo, puedo escuchar cómo esa sonrisa tonta se le vuelve a aparecer en la cara.

Terminamos la llamada e intento enfocarme nuevamente en el trabajo; son casi las 4 y aún queda mucho por seguir avanzando. No me importaba, pues estaba feliz de que al final del día vería a Emi nuevamente.

Me pongo algo nervioso, como si fuese la primera vez que lo voy a ver, y no termino de entender por qué. Vuelve a aparecer esa sensación extraña en mi estómago que muchos llaman mariposas. Sigo sin entender por qué le llaman así.

Entre mensajes, correos y llamadas, se termina mi vida laboral y estoy dispuesto a ir a tomar una ducha. Debajo de la regadera, no puedo dejar de pensar en lo que había sucedido el sábado por la noche; me invade un miedo irracional, pero muy real, e intento poner en práctica todas las herramientas que había aprendido gracias a mis psiquiatras y psicólogos. Esta vez no necesité a Emiliano para controlarme; pude hacerlo solo, como tantas otras veces.

Decido mirar una serie mientras espero a Emiliano. Me siento en mi sillón y lo espero. La pantalla reproducía algo, pero no estoy seguro de qué era.

En mi mente solo recorrían esas memorias de un pasado; las hadas hacían lo posible para traer todos esos dolores a la piel nuevamente, presentes como si no hubiese un mañana. Pude recordar cada detalle de lo que me había sucedido; un desasosiego tan grande me invade.

Recordé los primeros abusos, que en su momento eran juegos de niños, así me lo hicieron creer. No puedo entenderlos como tales sino hasta hace muy poco tiempo. Entender los abusos de mi infancia me ayudó a entender por qué me costaba tanto ser íntimo con las personas y por qué me daba tanto asco luego de tener intimidad con otras.

También recuerdo la pelea de mis tíos, los alcohólicos; siempre terminaban en gritos y alguien desmayado, no por los golpes, sino por el alcohol. Más de una vez hubo golpes de los cuales tuve que ser testigo; tenía 6 años.

A los 8, mi familia esperaba una madurez en mí que ni siquiera ellos podían mostrar. Hace un par de años que mi hermano había nacido y se convirtió en el centro de toda la familia. Yo pasé a estar de lado.

Se habían olvidado de que éramos dos, no solo uno. Los regalos que antes eran para mí se convirtieron ahora en regalos para mi hermano, y pasé a ser una sombra de él, aunque había nacido mucho antes.

Creo que fue más o menos a esa edad cuando empecé a alejarme y a darme cuenta de que la importancia que les estaba dando a ellos en realidad era la que ellos me daban a mí. A los 12 años ya sabía primeros auxilios, cómo medir la presión a un adulto mayor y qué hacer en caso de un ataque de diabetes.

¿Quién iba a pensar que a tan temprana edad iba a tener tanto conocimiento médico, o que tendría que haber presenciado tantas peleas de alcohólicos? Los abusos seguían, pero ahora eran más las personas que estaban involucradas. Ya estaba más grande; ya no les bastaba con solo mirar.

El timbre suena tres veces, mi teléfono una, y por fin vuelvo a la realidad. Es Emi, que hace 10 minutos está esperando a que le abra la puerta. Me pregunta si estaba en el baño o qué estaba haciendo. Le digo que simplemente estaba distraído.

Le abro la puerta del edificio y le espero pacientemente a la puerta de mi departamento. De pronto, escucho el ascensor llegar y abrir sus puertas. En ese momento vuelvo a sentir centelleos y mariposas en el estómago, y nuevamente no entiendo por qué le llaman así.

Al verlo salir, ambos tenemos una sonrisa tonta en la cara, y él apura su paso para llegar a mí. Noto que trae cosas en la mano que parecen ser comida o algo así. Doy cuatro pasos fuera de mi departamento, agarro sus cosas y lo ayudo a entrar.

Son las 8 de la noche y me dispongo a preparar la mesa para poder cenar. No sabía si hoy iba a poder comer o terminaría vomitando todo; tenía la esperanza de que cenando con él no sucedería.

Emi me mira extrañado; creo que notó algo. No deja de analizarme con una mirada penetrante mientras está sentado, esperando a que termine de servir los platos de comida. Prendo un cigarro, sin siquiera pensar que él estaba conmigo. Odia mucho que fume.

Le doy las gracias por acompañarme una vez más, esbozando una sonrisa, aunque apenas puedo mantenerla. Hoy las sonrisas parecen haber sido robadas por los duendes.

Nos sentamos a la mesa, con la música suave de fondo, y el silencio nos envuelve mientras cenamos. Me siento distante, pero no puedo evitar que mis pensamientos invadan el momento. Antes de darme cuenta, las palabras salen solas de mi boca:

—Mi infancia fue muy difícil —digo, sin pensar—. No es que no quiera contarte, pero es muy difícil hablar de lo que pasa en mi cabeza. La vida me ha enseñado que es preferible mantener el secreto a otorgarles armas a aquellos que me rodean. Sé que no lo harías, pero no puedo evitarlo.

Emiliano no sabe cómo reaccionar. Se acerca, me da un abrazo y un beso en la frente. Siento un calor por dentro que pocas veces había sentido; siento paz.

Mientras me abraza, no logro escapar de las risas de los duendes y del hada, que a lo lejos, gritando, me dice: "inservible, inútil, incapaz".

Emi trajo un vino y decidimos recostarnos en mi sillón para disfrutarlo. Es raro que él traiga alcohol, sabe que me he perdido demasiadas veces en esa felicidad artificial.

Terminamos la botella, acompañados de una serie a la que le prestamos poca atención. Estoy cansado, decidimos irnos a dormir.

No dormimos. Acostados en la oscuridad, mirando al techo, con las manos entrelazadas bajo las sábanas, empezamos a hablar, casi en susurros. No puedo evitar sentir cómo cada palabra pesa, cómo intentamos darle sentido a lo que somos, a lo que seremos, a nuestro futuro. Me asusta pensar en ello. No quiero hablar de ese futuro, pero sé que no tengo escapatoria. Estoy aquí, atrapado en mi refugio, con él como mi única salida.

Durante la semana no suelo ver a Nahuel, pero me sentía preocupado por él después de lo que había sucedido el fin de semana. Sé que no le es fácil, que su vida es compleja.

Me preocupé mucho cuando no respondió mis mensajes ni mis llamadas. Entiendo que a veces no puede por su trabajo, pero intenta al menos hacérmelo saber. Esta vez fue diferente.

Me invitó a cenar, nunca lo hace. Y mucho menos a su departamento. Llevé comida y un vino, creo que hoy lo necesita.

No puedo evitar poner una sonrisa tonta cada vez que lo veo, y en su departamento, esa sonrisa se hace cada vez más intensa. No estoy acostumbrado a este espacio, pero me siento demasiado cómodo estando aquí.

Sé que a Nahuel le pasa algo, pero no quiero indagar mucho. Su cara me dice que no debo preguntar, y el cigarro que encendió delante mío me confirma que es un pecado hacerlo.

Sé cuándo guardar silencio, sé cuándo acercarme; lo conozco demasiado.

Por desgracia.

Volver